En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










viernes, 26 de octubre de 2012

La vida como teatro

Peter Brook plantea que existe “un momento en que el teatro y la vida son uno”. Tal vez, podemos arriesgar que la vida misma es una obra de teatro. Así, el mundo funcionaría como un gran escenario y los lugares que transitamos se convierten en diferentes escenografías. Nosotros interpretaríamos diferentes personajes en función del contexto y del lugar que ocupamos allí.
Pero si la vida es una pieza teatral, ¿quién la escribe? Seguramente nosotros mismos, a partir de nuestras decisiones y elecciones, según los caminos que transitamos y las personas con que nos encontramos en ese recorrido. Sin embargo, no todo depende de nosotros sino que también interviene el azar, la suerte o el denominado destino. Muchas veces, nos suceden hechos que no planificábamos o conocemos personas por “casualidad” o nos encontramos en el momento justo y en el lugar indicado para lograr algo que anhelábamos. Y de esta manera, nuestras vidas pueden tomar sentidos opuestos, transitar por lugares que no imaginábamos o pueden alcanzar por fin algo muy buscado o deseado. En muchos momentos nos sorprendemos por estar viviendo algo nuevo o por experimentar sentimientos y sensaciones inéditos, intensos, movilizadores. En este sentido, la vida puede considerarse como un descubrimiento constante. Entonces, en ese descubrir le quitamos el velo a viejos prejuicios o  sacudimos el polvo que cubre nuestra alma y, quizás, encontremos cosas en nuestro interior que desconocíamos y nos sorprendemos con una nueva versión de nosotros. Por lo tanto, la vida de cada uno es producto, por un lado, del destino, y por otro, de decisiones y elecciones propias. Por eso, siempre hay lugar para lo impredecible o lo sorpresivo que pueden hacernos la existencia un poco más entretenida.
Así como los personajes de una obra teatral transitan un recorrido donde se transforman, nosotros también descubrimos, transitamos, deseamos, anhelamos, proyectamos y, así, experimentamos cambios, evolucionamos, adquirimos sabiduría, en fin, logramos conocernos más a nosotros mismos. Y tal vez, hacia el final, antes de que caiga el telón, ya no seamos los mismos.