“Deseo, luego existo”. Seguramente
Descartes se escandalizaría al escuchar esta tergiversación de su tan célebre
frase. Sin embargo, alejándonos del elemento fundamental del racionalismo
occidental, podemos plantear que nuestra
existencia está basada en el deseo.
El deseo nos
atraviesa, somos sujetos deseantes, es decir, el deseo es el motor de la vida,
es aquello que nos impulsa a vivir, a hacer cosas, a tomar decisiones. Entonces,
el deseo circula en nuestro cuerpo y en
nuestra mente y se mueve entre nosotros y los demás. Muchas veces, por
diferentes circunstancias no podemos llevar a cabo aquello que realmente
deseamos y quedamos escindidos entre el deseo y aquello que debemos hacer o lo
que se espera de nosotros. Esto es lo
que sucede en “Un tranvía llamado deseo”
En una pesada atmósfera
donde el calor agobiante se vuelve bochornoso y los espacios privados permanecen
abiertos a las miradas de los otros, el deseo circula de diversas formas entre
unos personajes que están influidos por arraigados prejuicios sociales y
morales.
La acción de
la obra transcurre en el sur de los Estados Unidos. Stella y Stanley son un
matrimonio que vive en un departamento
de un edificio de inmigrantes. Él es de origen polaco, trabaja como obrero en
una fábrica y la fuerza y la violencia son sus principales características. El
equilibrio se altera con la llegada de la hermana de Stella, Blanche, que con
sus ínfulas de superioridad se gana rápidamente el desprecio de su cuñado.
Consecuentemente,
Blanche no logra comprender cómo es posible que su hermana esté viviendo en ese
ambiente, que ella describe como vulgar y ordinario. De pequeñas vivían en la
localidad de Laurel, en una finca denominada Belle Reve y su familia poseía plantaciones, es decir, estaban en
una situación acomodada. Por esto, Blanche no entiende que su hermana se pueda
sentir cómoda en un departamento tan pequeño y humilde y que esté casada con un
obrero carente de refinamientos y buena educación. Sin embargo, Stella se ha
acostumbrado a la vida que lleva y dice sentirse feliz junto a su marido.
Blanche llega
con la noticia de que se ha perdido la propiedad de Laurel a causa de las malas
gestiones económicas llevadas a cabo por otros familiares. Ante esto, Stanley
sospecha de su cuñada y piensa que está estafando a su esposa y decide
averiguar qué es lo que realmente pasó. Desde el principio, Stanley desconfía de Blanche, de sus modales
remilgados y de su aire de superioridad. Efectivamente, Blanche ostenta su
buena educación y su status social, se muestra como una mujer de cierto nivel
que tuvo varios pretendientes importantes y que suele moverse en ambientes
privilegiados. En realidad, esto es una
construcción de sí misma que ella intenta mantener y le sirve como un refugio,
es decir, esconde su fragilidad y sus
miedos detrás de una fachada de superioridad y, muchas veces, también
recurriendo al sopor que le puede brindar el alcohol.
Blanche
trabaja como profesora de literatura en una escuela secundaria y dice que su jefe le sugirió tomarse unas vacaciones debido a sus nervios. En realidad,
la despidieron de su empleo ya que había tenido una relación con uno de sus
estudiantes. Esto terminó de arruinar su reputación y se vio obligada a
abandonar Laurel. Posteriormente se descubre que el marido de Blanche había
tenido una aventura sexual con otro hombre, ella lo descubrió y este hecho
provocó el suicidio de él. Blanche nunca pudo superar este doloroso hecho y
trató de hacer todo lo que estuviera a su alcance para protegerse de los
fantasmas que invadían su mente. Por ello, cada vez que algo la perturba,
escucha la música de La Varsoviana,
que era lo que sonaba aquella noche en
el momento en que su joven esposo se quitó la vida.
La acción
avanza y luego de algún tiempo, Blanche comienza una relación con uno de los
amigos de Stanley, Mitch, a quien Blanche confiesa sus penurias. Atraído por su
femineidad y su aire de fragilidad, Mitch piensa en casarse con ella y Blanche
acepta porque siente que es una oportunidad para dejar de sentirse tan sola.
Sin embargo,
la sucesión de los acontecimientos llevan al triste final de Blanche. A través
de un compañero de trabajo que viaja frecuentemente, Stanley descubre el verdadero pasado de Blanche y se
lo cuenta a Mitch. Éste, encerrado en sus prejuicios, considera que Blanche no
es una mujer para casarse y opta por echarse atrás. Estos hechos resultan
demasiado para la perturbada mente de Blanche. Luego del desplante que le hace
Mitch al no concurrir a su cena de cumpleaños, Stanley estalla en una discusión
muy violenta con su mujer. Como si esto fuera poco, horas después Mitch
concurre a verla y le comenta que sabe todo y que ella no es una mujer a la
altura para presentarla como su futura esposa. Por último, se queda a solas con
Stanley y aquí tiene lugar el último enfrentamiento entre ellos donde Stanley
abusará de Blanche. Este termina por deteriorar aún más el frágil equilibrio en
que se encuentra Blanche. Es que justamente ella parece caminar siempre por una
cornisa, tocando los extremos de la locura y de la cordura. Vive refugiada en
un mundo de fantasías y presa de un pasado oscuro y doloroso. Por lo tanto, la
curva dramática va en un in crescendo, los sucesos negativos se suceden uno
tras otro, cada vez peor y en una misma noche. Esta combinación resulta
explosiva y finalmente la mente y las emociones de Blanche colapsan.
El
enfrentamiento entre Blanche y Stanley es, al mismo tiempo, el enfrentamiento
entre dos culturas. Blanche representa al sur, esa zona esplendorosa y
rica antes de la Guerra de Secesión que
luego entró en decadencia como resultado de la contienda. En ese marco, los
habitantes del sur se caracterizaron por quedarse en la añoranza del pasado. En cambio, Stanley
representa al norte industrial, que es la zona que comienza a crecer como
resultado de haber ganado la guerra. Se trata de dos culturas, de dos formas de
concebir la realidad del país, de dos tipos de sociedades.
Más allá de
este enfrentamiento, de la hostilidad con que se tratan recíprocamente, hay
entre Stanley y Blanche una marcada tensión sexual, ambos se atraen, quizá
justamente por las grandes diferencias que hay entre ellos. Por un lado, la
fuerza bruta, casi animal, que caracteriza a Stanley. Por otro, la fragilidad y
la femineidad de Blanche. Parecería que ella piensa que una mujer solo puede
acercarse a un hombre como Stanley desde la seducción. De hecho, en la primera
escena que comparten solos Blanche intenta seducirlo sin resultados. Más
adelante, en una discusión con su hermana le dice: “Pero la única manera de vivir con un hombre así es…ir a la cama con
él”. “Con un hombre como Stanley se puede salir una, dos, tres veces cuando una
tiene el diablo en el cuerpo”. Más adelante, en una conversación con Mitch
dice con respecto a Stanley: “la primera
vez que lo vi, pensé, ese hombre es mi verdugo, ese hombre me destruirá, a
menos que…”
Blanche y
Mitch están unidos por la soledad y desde ese lugar se encuentran. Ambos están muy solos y hallan en el otro una grata
compañía porque necesitan salir de esa soledad. Blanche le cuenta su historia y
al final de ese pasaje dice: “Y entonces,
el reflector que iluminaba el mundo se apagó y nunca hubo para mí desde aquel
día una luz más intensa que la de esta vela de cocina”. En otra escena,
Stella le pregunta a su hermana si necesita a Mitch. Blanche responde: “necesito descansar, necesito volver a
respirar tranquila, sí…necesito a Mitch, lo necesito mucho”.
El deseo
atraviesa toda la obra. En primer lugar, el tranvía que recorre el barrio y que
toma Blanche para llegar a la casa de su hermana se llama Deseo. Paradójicamente
ese tranvía que se llama deseo la trae
al lugar donde encontrará la desdicha y la crueldad. En segundo lugar, Stella
desea a Stanley, siente por él una gran atracción física que le impide ver la
violencia que hay en el comportamiento de su marido. En tercer lugar, Blanche
desea mantenerse a salvo, protegerse de las
imágenes de ese pasado oscuro que la asaltan en cualquier momento. Por último,
el deseo como aquello que nos impulsa a vivir es lo opuesto a la muerte. Y
precisamente durante los últimos años en Belle Reve, Blanche tuvo que
presenciar la agonía y la muerte de varios familiares. En una discusión con su
hermana le reclama: “¡Yo, yo, yo recibí
los golpes sobre mi rostro y mi cuerpo! ¡Todas esas muertes! ¡Papá! Y ¡Mamá!
(…) Tú apenas volviste a tiempo para los funerales. Y los funerales son
hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos pero las muertes no siempre lo son. A veces
su respiración es ronca, a veces tartajosa, a veces le gritan a uno ¡no me
dejen ir!”
¿El deseo tiene la fuerza
arrolladora de un tranvía? Tal vez, quizás. Lo cierto es que el deseo es lo que
nos mueve, aquello que le da sentido a nuestra existencia y nos impulsa.
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