Retazos de existencia, momentos, instantes, pequeños fragmentos de vida relatados a través del humor, de la ironía, del drama, de la metáfora. Historias de vida. ¿Esto es el teatro? Es mucho más, es descubrimiento, encuentro, hallazgo. Es esa magia que se produce en cada función cuando se levanta el telón y se nos abre la perspectiva de un universo desconocido, de un nuevo comienzo, es el intercambio de sensaciones, emociones y anhelos, la certeza de que después ya no seremos los mismos.
En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.
Peter Brook
miércoles, 25 de julio de 2012
"Un tranvía llamado Deseo"
“Deseo, luego existo”. Seguramente
Descartes se escandalizaría al escuchar esta tergiversación de su tan célebre
frase. Sin embargo, alejándonos del elemento fundamental del racionalismo
occidental, podemos plantear que nuestra
existencia está basada en el deseo.
El deseo nos
atraviesa, somos sujetos deseantes, es decir, el deseo es el motor de la vida,
es aquello que nos impulsa a vivir, a hacer cosas, a tomar decisiones. Entonces,
el deseo circula en nuestro cuerpo y en
nuestra mente y se mueve entre nosotros y los demás. Muchas veces, por
diferentes circunstancias no podemos llevar a cabo aquello que realmente
deseamos y quedamos escindidos entre el deseo y aquello que debemos hacer o lo
que se espera de nosotros. Esto es lo
que sucede en “Un tranvía llamado deseo”
En una pesada atmósfera
donde el calor agobiante se vuelve bochornoso y los espacios privados permanecen
abiertos a las miradas de los otros, el deseo circula de diversas formas entre
unos personajes que están influidos por arraigados prejuicios sociales y
morales.
La acción de
la obra transcurre en el sur de los Estados Unidos. Stella y Stanley son un
matrimonio que vive en un departamento
de un edificio de inmigrantes. Él es de origen polaco, trabaja como obrero en
una fábrica y la fuerza y la violencia son sus principales características. El
equilibrio se altera con la llegada de la hermana de Stella, Blanche, que con
sus ínfulas de superioridad se gana rápidamente el desprecio de su cuñado.
Consecuentemente,
Blanche no logra comprender cómo es posible que su hermana esté viviendo en ese
ambiente, que ella describe como vulgar y ordinario. De pequeñas vivían en la
localidad de Laurel, en una finca denominada Belle Reve y su familia poseía plantaciones, es decir, estaban en
una situación acomodada. Por esto, Blanche no entiende que su hermana se pueda
sentir cómoda en un departamento tan pequeño y humilde y que esté casada con un
obrero carente de refinamientos y buena educación. Sin embargo, Stella se ha
acostumbrado a la vida que lleva y dice sentirse feliz junto a su marido.
Blanche llega
con la noticia de que se ha perdido la propiedad de Laurel a causa de las malas
gestiones económicas llevadas a cabo por otros familiares. Ante esto, Stanley
sospecha de su cuñada y piensa que está estafando a su esposa y decide
averiguar qué es lo que realmente pasó. Desde el principio, Stanley desconfía de Blanche, de sus modales
remilgados y de su aire de superioridad. Efectivamente, Blanche ostenta su
buena educación y su status social, se muestra como una mujer de cierto nivel
que tuvo varios pretendientes importantes y que suele moverse en ambientes
privilegiados. En realidad, esto es una
construcción de sí misma que ella intenta mantener y le sirve como un refugio,
es decir, esconde su fragilidad y sus
miedos detrás de una fachada de superioridad y, muchas veces, también
recurriendo al sopor que le puede brindar el alcohol.
Blanche
trabaja como profesora de literatura en una escuela secundaria y dice que su jefe le sugirió tomarse unas vacaciones debido a sus nervios. En realidad,
la despidieron de su empleo ya que había tenido una relación con uno de sus
estudiantes. Esto terminó de arruinar su reputación y se vio obligada a
abandonar Laurel. Posteriormente se descubre que el marido de Blanche había
tenido una aventura sexual con otro hombre, ella lo descubrió y este hecho
provocó el suicidio de él. Blanche nunca pudo superar este doloroso hecho y
trató de hacer todo lo que estuviera a su alcance para protegerse de los
fantasmas que invadían su mente. Por ello, cada vez que algo la perturba,
escucha la música de La Varsoviana,
que era lo que sonaba aquella noche en
el momento en que su joven esposo se quitó la vida.
La acción
avanza y luego de algún tiempo, Blanche comienza una relación con uno de los
amigos de Stanley, Mitch, a quien Blanche confiesa sus penurias. Atraído por su
femineidad y su aire de fragilidad, Mitch piensa en casarse con ella y Blanche
acepta porque siente que es una oportunidad para dejar de sentirse tan sola.
Sin embargo,
la sucesión de los acontecimientos llevan al triste final de Blanche. A través
de un compañero de trabajo que viaja frecuentemente, Stanley descubre el verdadero pasado de Blanche y se
lo cuenta a Mitch. Éste, encerrado en sus prejuicios, considera que Blanche no
es una mujer para casarse y opta por echarse atrás. Estos hechos resultan
demasiado para la perturbada mente de Blanche. Luego del desplante que le hace
Mitch al no concurrir a su cena de cumpleaños, Stanley estalla en una discusión
muy violenta con su mujer. Como si esto fuera poco, horas después Mitch
concurre a verla y le comenta que sabe todo y que ella no es una mujer a la
altura para presentarla como su futura esposa. Por último, se queda a solas con
Stanley y aquí tiene lugar el último enfrentamiento entre ellos donde Stanley
abusará de Blanche. Este termina por deteriorar aún más el frágil equilibrio en
que se encuentra Blanche. Es que justamente ella parece caminar siempre por una
cornisa, tocando los extremos de la locura y de la cordura. Vive refugiada en
un mundo de fantasías y presa de un pasado oscuro y doloroso. Por lo tanto, la
curva dramática va en un in crescendo, los sucesos negativos se suceden uno
tras otro, cada vez peor y en una misma noche. Esta combinación resulta
explosiva y finalmente la mente y las emociones de Blanche colapsan.
El
enfrentamiento entre Blanche y Stanley es, al mismo tiempo, el enfrentamiento
entre dos culturas. Blanche representa al sur, esa zona esplendorosa y
rica antes de la Guerra de Secesión que
luego entró en decadencia como resultado de la contienda. En ese marco, los
habitantes del sur se caracterizaron por quedarse en la añoranza del pasado. En cambio, Stanley
representa al norte industrial, que es la zona que comienza a crecer como
resultado de haber ganado la guerra. Se trata de dos culturas, de dos formas de
concebir la realidad del país, de dos tipos de sociedades.
Más allá de
este enfrentamiento, de la hostilidad con que se tratan recíprocamente, hay
entre Stanley y Blanche una marcada tensión sexual, ambos se atraen, quizá
justamente por las grandes diferencias que hay entre ellos. Por un lado, la
fuerza bruta, casi animal, que caracteriza a Stanley. Por otro, la fragilidad y
la femineidad de Blanche. Parecería que ella piensa que una mujer solo puede
acercarse a un hombre como Stanley desde la seducción. De hecho, en la primera
escena que comparten solos Blanche intenta seducirlo sin resultados. Más
adelante, en una discusión con su hermana le dice: “Pero la única manera de vivir con un hombre así es…ir a la cama con
él”. “Con un hombre como Stanley se puede salir una, dos, tres veces cuando una
tiene el diablo en el cuerpo”. Más adelante, en una conversación con Mitch
dice con respecto a Stanley: “la primera
vez que lo vi, pensé, ese hombre es mi verdugo, ese hombre me destruirá, a
menos que…”
Blanche y
Mitch están unidos por la soledad y desde ese lugar se encuentran. Ambos están muy solos y hallan en el otro una grata
compañía porque necesitan salir de esa soledad. Blanche le cuenta su historia y
al final de ese pasaje dice: “Y entonces,
el reflector que iluminaba el mundo se apagó y nunca hubo para mí desde aquel
día una luz más intensa que la de esta vela de cocina”. En otra escena,
Stella le pregunta a su hermana si necesita a Mitch. Blanche responde: “necesito descansar, necesito volver a
respirar tranquila, sí…necesito a Mitch, lo necesito mucho”.
El deseo
atraviesa toda la obra. En primer lugar, el tranvía que recorre el barrio y que
toma Blanche para llegar a la casa de su hermana se llama Deseo. Paradójicamente
ese tranvía que se llama deseo la trae
al lugar donde encontrará la desdicha y la crueldad. En segundo lugar, Stella
desea a Stanley, siente por él una gran atracción física que le impide ver la
violencia que hay en el comportamiento de su marido. En tercer lugar, Blanche
desea mantenerse a salvo, protegerse de las
imágenes de ese pasado oscuro que la asaltan en cualquier momento. Por último,
el deseo como aquello que nos impulsa a vivir es lo opuesto a la muerte. Y
precisamente durante los últimos años en Belle Reve, Blanche tuvo que
presenciar la agonía y la muerte de varios familiares. En una discusión con su
hermana le reclama: “¡Yo, yo, yo recibí
los golpes sobre mi rostro y mi cuerpo! ¡Todas esas muertes! ¡Papá! Y ¡Mamá!
(…) Tú apenas volviste a tiempo para los funerales. Y los funerales son
hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos pero las muertes no siempre lo son. A veces
su respiración es ronca, a veces tartajosa, a veces le gritan a uno ¡no me
dejen ir!”
¿El deseo tiene la fuerza
arrolladora de un tranvía? Tal vez, quizás. Lo cierto es que el deseo es lo que
nos mueve, aquello que le da sentido a nuestra existencia y nos impulsa.
domingo, 1 de julio de 2012
El teatro como reflejo de nosotros mismos
"Si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito". Efectivamente, en cada historia, en cada personaje construído, en cada línea, se reflejan los conflictos, los miedos, las frustraciones, los interrogantes, los sueños de su autor: Tenessee Williams, uno de los más grandes dramaturgos del siglo XX. Este mes estará dedicado a él.
Sus obras han sido representadas decenas de veces en diferentes teatros y también el cine se introdujo en esos mundos fascinantes que este autor supo construir con memorables personajes
A continuación, se presenta, en primer lugar, un breve análisis de su teatro y luego un paralelismo entre su biografía y los acontecimientos sociales y políticos más importantes de su época.
El teatro de Tennessee Williams: entre el mito y el sueño
¿Es posible dejar atrás los condicionamientos sociales para realizar aquello que deseamos con el alma? ¿Podremos llevar a cabo los sueños o tan sólo quedaremos inmersos en una imagen ideal de nosotros mismos? ¿Somos capaces de hacerle frente a nuestra realidad más íntima o, por el contrario, nos refugiamos en fantasías para poder sobrellevar la carga de no ser? ¿Podemos hacer algo con el transcurrir de un tiempo que nos trae frustración y culpa? ¿El pasado siempre fue aquel tiempo mejor o, en realidad, permanecemos presa de una nostalgia? Estos son algunos de los interrogantes que nos plantea la obra de Tennessee Williams. Su producción teatral nos interpela como sujetos escindidos, deseantes, en conflicto permanente. Tanto que, al finalizar la lectura de cualquiera de sus obras nos asalten incógnitas para las cuales tal vez no encontremos respuesta. Justamente porque explora los espacios más recónditos de la existencia humana, esas zonas en que cada persona se enfrenta a la cruenta realidad de sí misma.
Las obras se enmarcan en el contexto de la sociedad del sur de los Estados Unidos donde la cultura está fuertemente marcada por los resultados de la guerra de Secesión, conflicto que enfrentó a los estados esclavistas del sur con los estados industriales del norte. La derrota del sur implicó la pérdida de las plantaciones de tabaco y algodón que constituían la base económica de la región. Como consecuencia, esta zona entró en decadencia. Y el ocaso siempre implica un atractivo romántico hacia un pasado sin dudas glorioso, es decir, empezaba a gestarse una nostalgia por aquello que había sido. En este marco de crisis de desintegración y decadencia de viejas formas, la sociedad sureña adquiere rasgos de arrogancia aristocrática.
Es por esta razón que los personajes de sus obras se mueven entre un pasado evanescente y un futuro inalcanzable, entre el mito y el sueño. Es decir, ese pasado glorioso se convierte en mito frente a la cruda realidad del momento actual y el futuro parece nunca llegar. Los personajes están divididos entre la imagen mítica de lo que fue y la imagen de lo que ha de ser. Así, nunca alcanzan a discernir lo auténtico que encierra lo inmediato. Los personajes se consideran procedentes de un pasado pleno e intentan trazar su historia como puente entre un origen de dicha y una dicha final.
Además, este clima de añoranza por el pasado junto con las características de una sociedad cerrada y conservadora condiciona tanto la trayectoria de los personajes como sus deseos y decisiones. Entonces, los personajes vacilan ante el camino a tomar, oscilan entre, por un lado, la duda ante las opciones que presenta la existencia y, por otro, la culpa que cualquier decisión lleva asociada.
La sociedad actúa como marco de referencia pero al mismo tiempo impone la presión de responder a una determinada imagen. En el marco de una cultura tradicionalista, ejercer una acción libre implica renunciar ante el cumplimiento del deber y enfrentarse con la moral preestablecida. Por lo tanto, el yo aparece desconcertado ante las expectativas, los condicionamientos, los recuerdos, la cultura, los esquemas morales y los conceptos cerrados de la sociedad. De esta forma, los personajes, incapacitados para ser, arrastran la culpa de no ser. Se debaten en un tormento interior donde no hay salida y sus acciones nunca logran la realización de sí mismos. Frustrados, arrastrando el fracaso a cuestas, los personajes no pueden aceptar la propia imagen despojada del ideal. Con el objetivo de ocultar la desilusión y el desengaño de sí mismos, llevan una máscara decrépita, frágil e inconsistente que los aísla del exterior y los sume en penumbras.
Paradójicamente, quizás como una forma de resistencia ante la coerción de la sociedad, los personajes presentan una exacerbada sexualidad. Efectivamente, la conquista de la propia sexualidad es la conquista de uno mismo, de la propia identidad y, al mismo tiempo, encuentro con el otro. Pero teniendo en cuenta la imposibilidad de los personajes para seguir su propio deseo, la sexualidad aparece atormentada e incompleta. En este reducto de la identidad se produce el enfrentamiento entre la propia fragilidad, la solidez de los estereotipos sociales y la necesidad de ser situándose en el mundo de una manera personal y propia. Se trata de la necesidad de conseguir un espacio de seguridad, estabilidad y sinceridad. Sin embargo, los personajes nunca lo logran.
El teatro de Tennessee Williams plantea una concepción trascendente y fatalista de la existencia. Refleja la plenitud que podría alcanzarse ante la posibilidad de ser y, al mismo tiempo, la angustia ante la imposibilidad de lograr la realización personal. Representa las contradicciones que sufren hombres y mujeres enfrentados a una sociedad conservadora donde prima la idealización del pasado. Desde un presente en decadencia se resignifica el pasado y en esa investidura de sentido se le adjudica características de grandeza y esplendor. Así, se construye un pasado glorioso que actúa como horizonte común a todos los miembros de la sociedad. Sin embargo, es ese mismo pasado el que mantiene a los individuos presos de una nostalgia que los imposibilita para actuar y decidir sus vidas.
Como pocos, Tennessee Williams supo asomarse a los abismos de la condición humana.
Biografía y contexto histórico social
Tennessee Williams supo dar cuenta de la complejidad de la sociedad estadounidense como pocos. Fundamentalmente fue capaz de reflejar la realidad de los habitantes del sur, sus ideales, pensamientos, sueños y también sus prejuicios, mitos y convencionalismos. Es que Tennessee vivió entre los años 1911 y 1983, lo que le permitió vivenciar gran parte de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Estos sucesos tuvieron profundas consecuencias sobre la historia de los Estados Unidos y este autor supo reflejar estas complejidades en sus diferentes obras de teatro.
En el marco de una época que pasó a la historia con el nombre de “Belle Époque” nacía en 1911 Tennessee Williams en el seno de una familia conservadora. Su padre era comerciante de zapatos y su madre era hija de un predicador. Mientras tanto, la gran competencia industrial entre las potencias mundiales, el avance del imperialismo y el fuerte nacionalismo de algunos países europeos actuarían como desencadenantes de la Primera Guerra Mundial en 1914.
Estados Unidos salió beneficiado con la finalización de las hostilidades: el conflicto se había desarrollado en otro continente, Europa estaba devastada y necesitaba ayuda financiera y Estados Unidos se convertía en el principal acreedor. Así, se convertía en la primera potencia económica del mundo
Mientras su país natal aprovechaba esta situación, Tennesse enfermaba de difteria con tan solo siete años de edad. Obligado a guardar reposo comenzó a desplegar una gran imaginación para pasar esos días de la mejor forma posible. De hecho, su madre lo incentivó y años después le regaló una máquina de escribir.
En 1921 cumplió diez años. En ese mismo año comenzó una época de expansión económica y optimismo denominada los “años locos”. Fue un ciclo de gran desarrollo industrial y de creciente concentración de la riqueza. Pero fundamentalmente de grandes cambios sociales y culturales: las condiciones de vida de las familias mejoraron y empezaron algunos cambios morales que se plasmaron en una nueva manera de vestir y de consumir Además, es el tiempo de los inicios de la radio y del boom de automóvil, hechos que transformaron las costumbres y preferencias culturales de las personas. De esta forma, el estilo de vida norteamericano se sustentaba en una sociedad de masas donde primaba el consumo. En este nuevo contexto social y cultural Tennessee vivió su niñez, adolescencia y los primeros años de juventud.
Sin embargo, este auge económico que parecía no tener límites se desplomó en 1929 cuando gran parte de los beneficios acumulados se deslizaron hacia el ámbito de la especulación financiera. Paulatinamente empezó a gestarse una euforia especulativa que terminaría en la quiebra de la bolsa de Nueva York. A partir de aquí comienza un período de hundimiento de la economía caracterizado como “la gran depresión”.
A principios de los años treinta, Tennessee ingresó a la universidad de Missouri para cursar la carrera de periodismo pero tiempo después se trasladó a la Universidad de Iowa y en el año 1938 obtuvo el título de licenciado en filosofía y letras. En 1935 escribió su primera obra interpretada públicamente.
Mientras tanto al otro lado del océano, en la década del treinta comenzaban a implementarse regímenes totalitarios en Europa. Esto, junto con las pretensiones imperialistas y racistas del nazismo, forman el caldo de cultivo que desembocará en la segunda guerra mundial.
Con el conflicto bélico como contexto, en los primeros años de la década del cuarenta Tennessee se trasladó a la ciudad de Nueva York donde realizó diversos trabajos. El año 1943 traería una buena oportunidad. La Metro Golden Mayer lo contrató para hacer una adaptación cinematográfica de una exitosa novela. Dos años más tarde, conoció el verdadero éxito tras la publicación de “El zoo de cristal”, obra donde representa a su madre y a su hermana Rose. Con esta última tenía una relación muy cercana y por eso influyó mucho en él. Era una muchacha muy bella y frágil que lamentablemente pasó la mayor parte de su vida en instituciones mentales. Ante esto, para tratar de ponerle un fin al sufrimiento de Rose, sus padres autorizaron la realización de una lobotomía. La intervención tuvo resultado negativo, lo que la dejó incapacitada para el resto de su vida. Este hecho significó un golpe muy duro para Tennessee, que nunca pudo perdonar a sus padres por lo que habían hecho. Tal vez, este fue el desencadenante de su adicción al alcohol.
Para este período la guerra había llegado a su fin y apareció un nuevo equilibrio mundial representado por dos potencias, Estados Unidos y la URSS , que se mantendría hasta la caída del Muro de Berlín. En este contexto emerge el denominado Estado de Bienestar.
En 1947 con la publicación de “Un tranvía llamado deseo” consagró su renombre dentro de la dramaturgia. De hecho, esta obra lo hizo merecedor de un premio Pulitzer. En los años siguientes escribió “Verano y humo” (1948), “De repente, el último verano” (1950), “La rosa tatuada” (1951), “La gata sobre el tejado de zinc caliente” (1955), “Dulce pájaro de juventud” (1959). Por esa época se enamoró de Frank Merlo, un atractivo muchacho de veinte años que aún no sabía que camino tomar en la vida. La atracción los embriagó y algunos meses más tarde emprendieron un viaje a Europa que duró casi un año. Frank se convirtió en su secretario y cuidador, además de su amante. Este es un período de estabilidad para Tennessee y, de hecho, “La rosa tatuada” está dedicada a Frank y da cuenta de su fidelidad. Si bien su homosexualidad era un “secreto a voces” salió oficialmente a la luz recién en 1975 a partir de la publicación de sus “Memorias”. Tristemente, Frank murió muy joven producto de un cáncer a los 35 años. Este triste hecho sumió a Tennessee en una profunda depresión que se agravó por su adicción previa a las drogas y al alcohol.
Por ese entonces corría el año 1961, recién comenzaba la década del sesenta, época que combinó acontecimientos muy disímiles: el surgimiento del movimiento hippie, el “Mayo francés”, la crisis de los misiles, el asesinato del presidente Kennedy, la primavera de Praga, la gestación y apogeo de los Beatles. Todo aquello en el marco de la denominada “guerra fría”. A partir de aquí comienza el ocaso para Tennessee, ya no pudo recuperar aquel brillo de antaño. Las obras que escribió en este período no tienen el éxito de las anteriores. Se pueden citar, entre otras, “La noche de la iguana” (1962) y “El tren lechero ya no para aquí” (1964).
La última etapa de la guerra de Vietman y el escándalo Watergate marcan la década del setenta para Estados Unidos. La década siguiente traerá una intensificación de las tensiones de la guerra fría, que terminará luego en un acercamiento. Además, Reagan asume la presidencia de los Estados Unidos y comienza a sentar las bases de lo que luego se conocerá como neoliberalismo. Con este marco de fondo, en el año 1983 Tennessee Williams falleció a los setenta y dos años en extrañas circunstancias. Aparentemente, habría intentado abrir con la boca una botella y se ahogó al tragar el corcho. En su testamento, había dejado en claro que quería ser enterrado junto a los restos del que fue su amor: Frank.
Los tiempos cambiaron, las épocas trajeron nuevos aires. El mundo sufrió mucho a causa del ansia de poder y de dominio de algunos. Pero también conoció la paz y la libertad. Las sociedades experimentaron transformaciones culturales, políticas, económicas y sociales. La historia se fue tejiendo entre acontecimientos tan diferentes. El mundo conoció lo mejor y lo peor de los seres humanos. No en vano el historiador Eric Hobsbawn caracterizó al siglo XX como el más violento de la historia. Así como la historia sufrió vaivenes y contradicciones, la vida de Tennessee Williams conoció el amor y la desolación, el éxito y el fracaso, la creatividad y el vacío.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
