En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










sábado, 29 de diciembre de 2012

Reflexiones de fin de año

Otro año más que se termina, otro año que se nos escurre como agua entre los dedos, otro año que transcurrió mientras la existencia se nos iba entre obligaciones, responsabilidades y trabajos. Así pasan las horas, los días, los meses hasta que, de pronto, caemos en la cuenta de que estamos en el último mes del año. Entonces, con la sensación de que el tiempo transcurre más rápido cada vez emprendemos una carrera contra la tiranía del  reloj y queremos hacer lo que no pudimos. Así, vertiginosamente, una noche de verano nos encontramos levantando la copa y brindando por un año mejor.
Durante los últimos días del año nos invaden sensaciones encontradas. Por un lado, una cierta añoranza por el tiempo que quedó atrás y que ya no se podrá recuperar. Algunas cosas que planeábamos realizar y que no pudimos quedan en el tintero, y la certeza de que ya no es posible volver atrás. Por otro lado, el entusiasmo y la esperanza que todo comienzo implica. El cambio, la transformación, la permanencia de algunas cosas. Por lo tanto, en esos últimos días todo parece tomar un color distinto, quizás parecido al sepia de las antiguas fotografías. Entonces, pensamos en todo lo que hicimos durante estos doce meses y también en lo que no pudimos llevar a cabo, en los logros y en las pérdidas, en aquellas historias que quedaron atrás, en los proyectos cumplidos o inconclusos, en lo inesperado de algunas circunstancias que tal vez nos provocaron cambios en el curso de nuestro camino como así también en aquello que permanece a pesar del paso de los años. De repente, la atmósfera se torna diferente y, junto con el cálido sopor de esos primeros días del verano, se respiran otros aromas, otros perfumes, el ritmo en las calles cambia, las personas parecen correr detrás de vaya uno a saber qué. En consecuencia, la angustia que provoca toda finalización  se transforma en la imperiosa necesidad de que termine de una vez por todas.
Quizá yo no  pueda resguardarme de estos aires paradójicos  y también  me invada la añoranza por aquello que ya no podrá ser. Lo cierto es que en esta tarde de diciembre, mientras caminaba por mi barrio, se me ocurrió que este clima de fin de año es similar a lo que sucede cuando termina la función de estreno de una obra de teatro. Los nervios y las ansias previas se transforman en la nostalgia de lo que no se volverá a repetir. A pesar de que la obra se repita una y otra vez función tras función, aquello que se experimentó en el estreno no volverá a pasar. La mezcla de energía y temor, las sensaciones vividas arriba del escenario, los gestos, las palabras, las intenciones ya no serán las mismas, se transformarán en cada función. Al finalizar, entre abrazos y felicitaciones, llenos de arrebato y satisfacción, los actores y el director comentan los logros y, recuperando la calma, plantean lo que hay que mejorar y lo que hay que revisar. Asimismo, nosotros en el último día del año también evaluamos lo hecho durante ese período que se termina. Así como la función estreno llegó a su fin, cada año tiene su término. Sin embargo, el telón volverá a levantarse y es por ese motivo que cada 31 de diciembre chocamos nuestras copas y brindamos por todo aquello que transcurrió y por todo lo que vendrá. Brindamos, llenos de ilusiones, deseos y expectativas, por un nuevo comienzo, por dar vuelta otra página.