En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










sábado, 29 de diciembre de 2012

Reflexiones de fin de año

Otro año más que se termina, otro año que se nos escurre como agua entre los dedos, otro año que transcurrió mientras la existencia se nos iba entre obligaciones, responsabilidades y trabajos. Así pasan las horas, los días, los meses hasta que, de pronto, caemos en la cuenta de que estamos en el último mes del año. Entonces, con la sensación de que el tiempo transcurre más rápido cada vez emprendemos una carrera contra la tiranía del  reloj y queremos hacer lo que no pudimos. Así, vertiginosamente, una noche de verano nos encontramos levantando la copa y brindando por un año mejor.
Durante los últimos días del año nos invaden sensaciones encontradas. Por un lado, una cierta añoranza por el tiempo que quedó atrás y que ya no se podrá recuperar. Algunas cosas que planeábamos realizar y que no pudimos quedan en el tintero, y la certeza de que ya no es posible volver atrás. Por otro lado, el entusiasmo y la esperanza que todo comienzo implica. El cambio, la transformación, la permanencia de algunas cosas. Por lo tanto, en esos últimos días todo parece tomar un color distinto, quizás parecido al sepia de las antiguas fotografías. Entonces, pensamos en todo lo que hicimos durante estos doce meses y también en lo que no pudimos llevar a cabo, en los logros y en las pérdidas, en aquellas historias que quedaron atrás, en los proyectos cumplidos o inconclusos, en lo inesperado de algunas circunstancias que tal vez nos provocaron cambios en el curso de nuestro camino como así también en aquello que permanece a pesar del paso de los años. De repente, la atmósfera se torna diferente y, junto con el cálido sopor de esos primeros días del verano, se respiran otros aromas, otros perfumes, el ritmo en las calles cambia, las personas parecen correr detrás de vaya uno a saber qué. En consecuencia, la angustia que provoca toda finalización  se transforma en la imperiosa necesidad de que termine de una vez por todas.
Quizá yo no  pueda resguardarme de estos aires paradójicos  y también  me invada la añoranza por aquello que ya no podrá ser. Lo cierto es que en esta tarde de diciembre, mientras caminaba por mi barrio, se me ocurrió que este clima de fin de año es similar a lo que sucede cuando termina la función de estreno de una obra de teatro. Los nervios y las ansias previas se transforman en la nostalgia de lo que no se volverá a repetir. A pesar de que la obra se repita una y otra vez función tras función, aquello que se experimentó en el estreno no volverá a pasar. La mezcla de energía y temor, las sensaciones vividas arriba del escenario, los gestos, las palabras, las intenciones ya no serán las mismas, se transformarán en cada función. Al finalizar, entre abrazos y felicitaciones, llenos de arrebato y satisfacción, los actores y el director comentan los logros y, recuperando la calma, plantean lo que hay que mejorar y lo que hay que revisar. Asimismo, nosotros en el último día del año también evaluamos lo hecho durante ese período que se termina. Así como la función estreno llegó a su fin, cada año tiene su término. Sin embargo, el telón volverá a levantarse y es por ese motivo que cada 31 de diciembre chocamos nuestras copas y brindamos por todo aquello que transcurrió y por todo lo que vendrá. Brindamos, llenos de ilusiones, deseos y expectativas, por un nuevo comienzo, por dar vuelta otra página.

viernes, 26 de octubre de 2012

La vida como teatro

Peter Brook plantea que existe “un momento en que el teatro y la vida son uno”. Tal vez, podemos arriesgar que la vida misma es una obra de teatro. Así, el mundo funcionaría como un gran escenario y los lugares que transitamos se convierten en diferentes escenografías. Nosotros interpretaríamos diferentes personajes en función del contexto y del lugar que ocupamos allí.
Pero si la vida es una pieza teatral, ¿quién la escribe? Seguramente nosotros mismos, a partir de nuestras decisiones y elecciones, según los caminos que transitamos y las personas con que nos encontramos en ese recorrido. Sin embargo, no todo depende de nosotros sino que también interviene el azar, la suerte o el denominado destino. Muchas veces, nos suceden hechos que no planificábamos o conocemos personas por “casualidad” o nos encontramos en el momento justo y en el lugar indicado para lograr algo que anhelábamos. Y de esta manera, nuestras vidas pueden tomar sentidos opuestos, transitar por lugares que no imaginábamos o pueden alcanzar por fin algo muy buscado o deseado. En muchos momentos nos sorprendemos por estar viviendo algo nuevo o por experimentar sentimientos y sensaciones inéditos, intensos, movilizadores. En este sentido, la vida puede considerarse como un descubrimiento constante. Entonces, en ese descubrir le quitamos el velo a viejos prejuicios o  sacudimos el polvo que cubre nuestra alma y, quizás, encontremos cosas en nuestro interior que desconocíamos y nos sorprendemos con una nueva versión de nosotros. Por lo tanto, la vida de cada uno es producto, por un lado, del destino, y por otro, de decisiones y elecciones propias. Por eso, siempre hay lugar para lo impredecible o lo sorpresivo que pueden hacernos la existencia un poco más entretenida.
Así como los personajes de una obra teatral transitan un recorrido donde se transforman, nosotros también descubrimos, transitamos, deseamos, anhelamos, proyectamos y, así, experimentamos cambios, evolucionamos, adquirimos sabiduría, en fin, logramos conocernos más a nosotros mismos. Y tal vez, hacia el final, antes de que caiga el telón, ya no seamos los mismos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

"Casa de muñecas" de Henrik Ibsen

La acción de “Casa de muñecas” se desarrolla en la casa de Nora y Torvard Helmer, típico matrimonio burgués con tres pequeños hijos que, sin lujos excesivos pero gozando de una comodidad económica, pasan sus días en la monotonía de la vida familiar y sin grandes sobresaltos.  Torvard es abogado, goza de buena reputación dentro la sociedad y comenzará a desempeñarse como nuevo director del banco en pocos días. Por su parte, Nora se dedica a la casa y a jugar con sus hijos, ya que la educación y cuidado de ellos está en manos de la niñera.
La monotonía de la vida burguesa se altera con la aparición del Señor Krogstad, a quien Nora, a espaldas de todos y falsificando una firma,  había solicitado un préstamo en el pasado para costear el viaje que salvaría la vida de su esposo. Como futuro empleado de Helmer en el banco y, temiendo su despido a causa de su mala reputación, le solicita a Nora que interceda por él porque, de lo contrario, contará la verdad.
A partir de aquí la vida de Nora deja de ser despreocupada y apacible y se convierte en una lucha interna con ella misma y con su entorno. Atrás quedaron los días en que jugaba alegremente con sus hijos. Ahora se debate entre dos opciones totalmente opuestas.

Personajes
En primer lugar, es necesario resaltar que a simple vista Nora parece una mujer frívola que manipula a su marido gracias a sus encantos. Sin embargo, detrás de esta fachada se esconde una mujer inteligente y aguda que puede llegar a ser muy irónica. Además, se siente orgullosa de ella misma por haber salvado a su esposo sin que éste se entere de la real gravedad de su estado de salud.
Por su parte, Torvard representa la moral y los valores dominantes. Como todo hombre en esa época lleva a cabo el rol de proveedor del hogar y está preocupado por mantener una imagen de armonía familiar. Según él, el honor es uno de los valores más importantes y la estabilidad económica es uno de sus pilares. “Nada de deudas y ningún préstamo. Un hogar basado en préstamos y deudas es prisionera de una especie de esclavitud, algo semejante a un mal augurio”. Esto  que dice en el primer acto  funciona como una forma de anticipar el drama.
En segunda instancia, resulta llamativo los calificativos que utiliza Torvard para dirigirse a su esposa: “mi alondra”, “mi palomita”, “ardilla”, “pajarito”. Todos pequeños animalitos que connotan libertad pero también fragilidad al mismo tiempo. Y  casi todas las menciones aparecen detrás del pronombre posesivo “mi”. Catalogada de esta manera, él es quien debe mostrarle el camino, es necesario guiarla por la vida para que no cometa errores. Así, Nora carece de determinación propia y permanece como propiedad de su esposo. Por un lado, él disfruta exhibiendo a su esposa como algo de su posesión. Por otro, puede haber cierta comodidad en esta situación para Nora ya que si las grandes responsabilidades caen en su esposo, ella puede vivir despreocupada y tranquila y jugar con los niños.
En tercer lugar, Krogstad es un abogado que ha cometido algunas falsificaciones en el pasado. Para un hombre al que la sociedad lo sepultó y lo juzgó desde  el manto de la moral y el honor, el empleo en el banco constituye su única posibilidad de volver a ascender socialmente. En algún punto, se identifica con Nora porque ambos han hecho cosas que no deberían haber hecho. Así Krogstad cumple el rol de víctima y verdugo a la vez, que luego será redimido gracias al amor de una mujer: Cristine. Amiga de la infancia a quien Nora confiesa su secreto, mujer sola y sin trabajo que en su juventud renunció al amor de  Krogstad para elegir a un pretendiente económicamente mejor ahora siente que su vida carece de sentido sin tener a nadie por quien preocuparse. Él  también esta solo ya que su familia lo ha abandonado. La aparición de su antiguo amor revive en él sentimientos pasados. Ambos están solos y lo mejor que podrían hacer es unir sus caminos y compartir la vida, lo que les brinda la posibilidad de un futuro prometedor.
Por último, el Doctor Rank, amigo de la familia. Como un hombre solitario y aquejado por una enfermedad, funciona como el contrapunto de esta familia aparentemente feliz. Es decir, en cuadro de la felicidad conyugal, se recorta la sombra de este hombre.

Circunstancias previas y conflicto
Ocho años antes, Torvald había caído enfermo y los médicos diagnosticaron que lo único que podría salvarlo sería pasar una temporada en un lugar con un clima más confortable y cálido. Decidida a salvar la vida de su esposo, Nora pidió un préstamo a Krogstad para costear el viaje y colocó a su padre como garante. Debido a que también estaba muy enfermo  y, con la intención de evitarle un disgusto, falsifica su firma. Así, Nora actúa impulsada por el amor que siente hacia estos hombres tan importantes para ella y con la intención de salvar  a su esposo y de ahorrarle un disgusto a su padre, quizás no se haya dado cuenta que estaba cometiendo un acto catalogado de delito. Esto es justamente lo que luego utilizará Krogstad  a su favor para tratar de salvarse. El destino quiso que su camino se cruzara con el de Torvald ya que actualmente se desempeña en el banco donde éste último ingresará como nuevo director y tiene la seguridad de que será despedido. Ante esto, recurre a Nora y le pide que interceda por él para que su esposo no lo eche y la amenaza con contar la verdad si ella se niega
Finalmente, Nora no logra convencer a su esposo de mantener a Krogstad en  el puesto de trabajo  y éste envía una carta contándole toda la verdad. Luego de algunos intentos por retrasar el momento de la lectura, Nora reconoce que ya es tarde, no hay vuelta atrás, el instante que tanto quiso retrasar ha llegado. Incluso ella misma lo incentiva a leer la carta. Dice Nora, con voz firme y resuelta “Ahora lee las cartas, Torvarld”. Ella había decidido marcharse en este caso, mientras tanto, se prepara para salir y se dice a sí misma: “nunca más lo volveré a ver, y tampoco volveré a ver a los niños”.
Enfurecido tras haber leído la carta, Torvarld sale de su despacho y arremete contra su mujer. Para él, ella es una embustera y una criminal, carente de principios y de moral. En realidad, está más preocupado por su imagen ante la sociedad, por  mantener su buena notoriedad y  no caer en el descrédito y la vergüenza. Nora le plantea que se marchará. Pero para él esto sería arruinar aún más su reputación y lo que más le interesa es guardar las apariencias. Decidido a mantener su buena imagen ante la sociedad, le dice que se quedará en la casa pero que no ya serán más un matrimonio. A sus ojos, Nora es incapaz de criar a sus hijos. “Es preciso tapar el asunto a toda costa. En cuanto a nosotros, debemos aparentar que nada ha cambiado. Por supuesto, hablo sólo de apariencias, seguirás viviendo aquí pero tendrás prohibida la educación de los niños (…) En lo sucesivo no hay que pensar ya en la felicidad sino simplemente en salvar los restos, ruinas, apariencias”. En consecuencia, lo único que le importa es salvarse a sí mismo.
Pero, de pronto, ocurre lo inesperado. Llega una segunda carta donde Krogstad se arrepiente de lo hecho y libera a Nora de la deuda devolviéndole el pagaré. Es significativa la reacción de Torvald: “¡Estoy salvado! Es decir, solo piensa en él mismo. Rápidamente  le pide perdón a su mujer y se llena la boca de palabras de agradecimiento hacia ella.
Sin embargo, al igual que cuando la llamaba “mi alondra”, sus palabras dejan traslucir un concepto de mujer incapaz. “Me has amado como una mujer debe amar a su esposo, aunque te equivocaste en la elección de los medios. ¿Crees que te quiero menos porque no sepas guiarte a ti misma? No. Confía en mí para encontrar ayuda y dirección. No sería hombre si tu incapacidad de mujer no te hiciera doblemente seductora a mis ojos”
A pesar de que Nora acepta y agradece el perdón, ya no hay vuelta atrás. El milagro que esperaba no se produjo. La actitud de su esposo en esta situación le abrió los ojos y se produce en Nora una revelación, se ha producido en ella una transformación interior. De pronto, puede ver todo con una terrible claridad: nunca fueron un verdadero matrimonio y ella siempre fue su muñeca. “Hace ocho años que estamos casados ¿acaso no es la primera vez que nosotros dos, marido y mujer, hablamos a solas seriamente?”. Y se da cuenta que así como fue la muñeca de su padre, luego fue la muñeca de su esposo. “He sido la muñeca-esposa en tu casa, como en la de papá fui la muñeca-hija. Y a su vez nuestros hijos fueron mis muñecos. A mi me hacía gracia verte jugar conmigo como a los niños les divertía verme jugar con ellos. Esto es lo que ha sido nuestro unión”. Los tres días que transcurrieron desde que recibió la visita de Krogstad le sirvieron a Nora para dejar de engañarse a sí misma, para dejar de refugiarse en un mundo aparentemente ideal y le sirvieron, fundamentalmente, para darse cuenta que todavía no había vivido su propia vida. Es decir, tiene una tarea más importante que la de ser esposa o madre: buscar quién es ella misma. Su deber primordial es para con ella. Ante esto, su esposo le recuerda que antes que nada es madre y esposa. Ella le responde: “ya no creo en eso. Creo que, ante todo, soy un ser humano igual que tú. O por lo menos debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón porque así está escrito en los libros. Sin embargo, es preciso que yo pueda hacerme una idea propia al respecto y darme cuenta de todo”. Así los libros y las leyes, muchas veces, no son justas. “No me entra en la cabeza que semejantes leyes puedan ser justas. Según ellas, una mujer no tiene derecho a evitarle preocupaciones a un padre anciano y moribundo, ni a salvar la vida de su marido”. Nora necesita buscar su verdad y poder autoafirmarse.
A partir de lo sucedido esa noche Nora sintió que estaba casada con un extraño. Un abismo se abrió entre ambos y ya era demasiado tarde. Devolviéndole el anillo de casamiento, Nora finalmente se marcha.

Nora se debate entre dos opciones: quedarse y seguir viviendo una vida que no le pertenece, ajena o marcharse y buscar su propio camino, experimentar y descubrirse a sí misma. La sociedad nos impone determinados modelos de conducta pero, a veces, pueden actuar como instituciones de disciplina que nos impiden ver quienes somos realmente.
Sin embargo, muchas veces, las limitaciones están dentro de nosotros, en nuestros miedos e incertidumbres. Es decir, el mayor obstáculo para nuestra realización está en nosotros mismos y debemos intentar superarlo para lograr la libertad. A veces tenemos que tomar difíciles decisiones o abandonar la comodidad de lo conocido para recorrer el camino que nos llevará a encontrarnos con nosotros mismos.

             




viernes, 3 de agosto de 2012

El teatro y la existencia


El rumor de la lluvia invade las calles de la ciudad. Un cielo gris oscurece las calles que se pueblan de paraguas de diversas formas, tamaños y colores. Personas que caminan apuradas, como si eso las resguardara del agua, no miran a nadie, no escuchan, solo caminan cada vez más rápido, tratando de salvarse de las frías gotas de agua. Las cubiertas de los autos sobre el asfalto mojado provocan ese sonido tan particular que caracteriza los días de lluvia. Y no sólo el agua, también nos invade el frío que parece tener el poder de traspasar los abrigos, gorros y bufandas con que intentamos ponerle un freno.

Afuera llueve, las gotas caen con una fuerza abrumadora, como si no hubiese llovido durante meses, años, tal vez. Afuera la atmósfera se torna oscura, húmeda y fría, el cielo parece desintegrarse entre nubarrones sombríos, el mundo se torna sombrío y lúgubre. Dentro nos invade esa nostalgia característica de días lluviosos, nos resulta difícil levantarnos de la cama, más aún salir de la comodidad de nuestra casa. Sin embargo, no tenemos opción, aunque nos tiente la perspectiva de quedarnos entre la tibieza de nuestras sábanas, debemos salir y cumplir con la rutina de todos los días, rutina que en parte es impuesta y en parte nos la imponemos nosotros mismos, quizás para ordenar el caos de nuestra existencia.

Existencia, existir, ser, no ser. ¿Qué es la existencia? ¿Qué es el ser? Podríamos remontarnos a Heidegger, ese gran y complejo filósofo del siglo XX que se preguntó por el ser, aquel que sostuvo el concepto de “Dasein”. Sin embargo, no deseo meterme en las profundas y turbias aguas de la filosofía. Ya es suficiente con esta lluvia que todo lo invade.

Y si queremos encontrar alguna respuesta para el ser y la existencia podemos adentrarnos en el mundo del teatro. El teatro como reflejo de nosotros mismos, como espejo donde visualizar nuestras ideas y temores,  nuestro sentir, amores y odios, sueños y anhelos. Los personajes transitan los mismos conflictos que podemos tener nosotros y, de esa manera, nos identificamos con ellos. Y quizá en esa identificación entendamos un poco más aquello que nos sucede o podamos ver nuestra situación desde una perspectiva diferente. Por lo tanto, las obras representan pequeños fragmentos de vida, donde los personajes se enfrentan a los vaivenes de la existencia, a los demás, a la sociedad, a sí mismos, a sus propios fantasmas. Asimismo, dan cuenta de la complejidad de los procesos sociales, de lo efímero del presente, de la evanescencia del tiempo, de las contradicciones que nos atraviesan como sujetos y como sociedad. Plantean las problemáticas de individuos escindidos, en permanente cambio, en constante formación, enfrentados a la sociedad, a las instituciones y a lo que se espera de ellos. En definitiva, el teatro cuenta historias, constituye relatos. Y el relato, como narración de acontecimientos, permite aprehender retazos de existencia y protege del irremediable paso del tiempo. Al inscribirse en palabras los hechos adquieren materialidad significante y quedan al resguardo del olvido. Así, acontecimientos diferentes forman parte de la memoria colectiva de las sociedades y traspasan las generaciones. Entonces, las obras de teatro, en tanto relatos, nos hablan de  sucesos, problemáticas y conflictos que nos atraviesan a lo largo de nuestra existencia.

Por último, cada vez que asistimos a una función nos olvidamos por un rato de nuestra contradictoria existencia y nos adentramos en nuevos mundos, en nuevas historias y formamos parte de esa magia que se produce arriba del escenario. Tal vez, en ese descubrir, en ese encuentro, nos encontremos a nosotros mismos.

miércoles, 25 de julio de 2012

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"Un tranvía llamado Deseo"




“Deseo, luego existo”. Seguramente Descartes se escandalizaría al escuchar esta tergiversación de su tan célebre frase. Sin embargo, alejándonos del elemento fundamental del racionalismo occidental,  podemos plantear que nuestra existencia está basada en el deseo.
El deseo nos atraviesa, somos sujetos deseantes, es decir, el deseo es el motor de la vida, es aquello que nos impulsa a vivir, a hacer cosas, a tomar decisiones. Entonces,  el deseo circula en nuestro cuerpo y en nuestra mente y se mueve entre nosotros y los demás. Muchas veces, por diferentes circunstancias no podemos llevar a cabo aquello que realmente deseamos y quedamos escindidos entre el deseo y aquello que debemos hacer o lo que se espera de nosotros.  Esto es lo que sucede en “Un tranvía llamado deseo”
En una pesada atmósfera donde el calor agobiante se vuelve bochornoso y los espacios privados permanecen abiertos a las miradas de los otros, el deseo circula de diversas formas entre unos personajes que están influidos por arraigados prejuicios sociales y morales.
La acción de la obra transcurre en el sur de los Estados Unidos. Stella y Stanley son un matrimonio que  vive en un departamento de un edificio de inmigrantes. Él es de origen polaco, trabaja como obrero en una fábrica y la fuerza y la violencia son sus principales características. El equilibrio se altera con la llegada de la hermana de Stella, Blanche, que con sus ínfulas de superioridad se gana rápidamente el desprecio de su cuñado.
Consecuentemente, Blanche no logra comprender cómo es posible que su hermana esté viviendo en ese ambiente, que ella describe como vulgar y ordinario. De pequeñas vivían en la localidad de Laurel, en una finca denominada Belle Reve y su familia poseía plantaciones, es decir, estaban en una situación acomodada. Por esto, Blanche no entiende que su hermana se pueda sentir cómoda en un departamento tan pequeño y humilde y que esté casada con un obrero carente de refinamientos y buena educación. Sin embargo, Stella se ha acostumbrado a la vida que lleva y dice sentirse feliz junto a su marido.
Blanche llega con la noticia de que se ha perdido la propiedad de Laurel a causa de las malas gestiones económicas llevadas a cabo por otros familiares. Ante esto, Stanley sospecha de su cuñada y piensa que está estafando a su esposa y decide averiguar qué es lo que realmente pasó. Desde el principio,  Stanley desconfía de Blanche, de sus modales remilgados y de su aire de superioridad. Efectivamente, Blanche ostenta su buena educación y su status social, se muestra como una mujer de cierto nivel que tuvo varios pretendientes importantes y que suele moverse en ambientes privilegiados. En  realidad, esto es una construcción de sí misma que ella intenta mantener y le sirve como un refugio, es decir,  esconde su fragilidad y sus miedos detrás de una fachada de superioridad y, muchas veces, también recurriendo al sopor que le puede brindar el alcohol.
Blanche trabaja como profesora de literatura en una escuela secundaria y  dice que su jefe le sugirió tomarse unas  vacaciones debido a sus nervios. En realidad, la despidieron de su empleo ya que había tenido una relación con uno de sus estudiantes. Esto terminó de arruinar su reputación y se vio obligada a abandonar Laurel. Posteriormente se descubre que el marido de Blanche había tenido una aventura sexual con otro hombre, ella lo descubrió y este hecho provocó el suicidio de él. Blanche nunca pudo superar este doloroso hecho y trató de hacer todo lo que estuviera a su alcance para protegerse de los fantasmas que invadían su mente. Por ello, cada vez que algo la perturba, escucha la música de La Varsoviana, que era lo que sonaba aquella  noche en el momento en que su joven esposo se quitó la vida.
La acción avanza y luego de algún tiempo, Blanche comienza una relación con uno de los amigos de Stanley, Mitch, a quien Blanche confiesa sus penurias. Atraído por su femineidad y su aire de fragilidad, Mitch piensa en casarse con ella y Blanche acepta porque siente que es una oportunidad para dejar de sentirse tan sola.
Sin embargo, la sucesión de los acontecimientos llevan al triste final de Blanche. A través de un compañero de trabajo que viaja frecuentemente, Stanley  descubre el verdadero pasado de Blanche y se lo cuenta a Mitch. Éste, encerrado en sus prejuicios, considera que Blanche no es una mujer para casarse y opta por echarse atrás. Estos hechos resultan demasiado para la perturbada mente de Blanche. Luego del desplante que le hace Mitch al no concurrir a su cena de cumpleaños, Stanley estalla en una discusión muy violenta con su mujer. Como si esto fuera poco, horas después Mitch concurre a verla y le comenta que sabe todo y que ella no es una mujer a la altura para presentarla como su futura esposa. Por último, se queda a solas con Stanley y aquí tiene lugar el último enfrentamiento entre ellos donde Stanley abusará de Blanche. Este termina por deteriorar aún más el frágil equilibrio en que se encuentra Blanche. Es que justamente ella parece caminar siempre por una cornisa, tocando los extremos de la locura y de la cordura. Vive refugiada en un mundo de fantasías y presa de un pasado oscuro y doloroso. Por lo tanto, la curva dramática va en un in crescendo, los sucesos negativos se suceden uno tras otro, cada vez peor y en una misma noche. Esta combinación resulta explosiva y finalmente la mente y las emociones de Blanche colapsan.
El enfrentamiento entre Blanche y Stanley es, al mismo tiempo, el enfrentamiento entre dos culturas. Blanche representa al sur, esa zona esplendorosa y rica  antes de la Guerra de Secesión que luego entró en decadencia como resultado de la contienda. En ese marco, los habitantes del sur se caracterizaron por quedarse en la  añoranza del pasado. En cambio, Stanley representa al norte industrial, que es la zona que comienza a crecer como resultado de haber ganado la guerra. Se trata de dos culturas, de dos formas de concebir la realidad del país, de dos tipos de sociedades.
Más allá de este enfrentamiento, de la hostilidad con que se tratan recíprocamente, hay entre Stanley y Blanche una marcada tensión sexual, ambos se atraen, quizá justamente por las grandes diferencias que hay entre ellos. Por un lado, la fuerza bruta, casi animal, que caracteriza a Stanley. Por otro, la fragilidad y la femineidad de Blanche. Parecería que ella piensa que una mujer solo puede acercarse a un hombre como Stanley desde la seducción. De hecho, en la primera escena que comparten solos Blanche intenta seducirlo sin resultados. Más adelante, en una discusión con su hermana le dice: “Pero la única manera de vivir con un hombre así es…ir a la cama con él”. “Con un hombre como Stanley se puede salir una, dos, tres veces cuando una tiene el diablo en el cuerpo”. Más adelante, en una conversación con Mitch dice con respecto a Stanley: “la primera vez que lo vi, pensé, ese hombre es mi verdugo, ese hombre me destruirá, a menos que…
Blanche y Mitch están unidos por la soledad y desde ese lugar se encuentran. Ambos  están muy solos y hallan en el otro una grata compañía porque necesitan salir de esa soledad. Blanche le cuenta su historia y al final de ese pasaje dice: “Y entonces, el reflector que iluminaba el mundo se apagó y nunca hubo para mí desde aquel día una luz más intensa que la de esta vela de cocina”. En otra escena, Stella le pregunta a su hermana si necesita a Mitch. Blanche responde: “necesito descansar, necesito volver a respirar tranquila, sí…necesito a Mitch, lo necesito mucho”.
El deseo atraviesa toda la obra. En primer lugar, el tranvía que recorre el barrio y que toma Blanche para llegar a la casa de su hermana se llama Deseo. Paradójicamente ese tranvía que se llama deseo la  trae al lugar donde encontrará la desdicha y la crueldad. En segundo lugar, Stella desea a Stanley, siente por él una gran atracción física que le impide ver la violencia que hay en el comportamiento de su marido. En tercer lugar, Blanche desea mantenerse a salvo, protegerse  de las imágenes de ese pasado oscuro que la asaltan en cualquier momento. Por último, el deseo como aquello que nos impulsa a vivir es lo opuesto a la muerte. Y precisamente durante los últimos años en Belle Reve, Blanche tuvo que presenciar la agonía y la muerte de varios familiares. En una discusión con su hermana le reclama: “¡Yo, yo, yo recibí los golpes sobre mi rostro y mi cuerpo! ¡Todas esas muertes! ¡Papá! Y ¡Mamá! (…) Tú apenas volviste a tiempo para los funerales. Y los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos  pero las muertes no siempre lo son. A veces su respiración es ronca, a veces tartajosa, a veces le gritan a uno ¡no me dejen ir!”
¿El deseo tiene la fuerza arrolladora de un tranvía? Tal vez, quizás. Lo cierto es que el deseo es lo que nos mueve, aquello que le da sentido a nuestra existencia y nos impulsa.

domingo, 1 de julio de 2012

El teatro como reflejo de nosotros mismos

"Si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito". Efectivamente, en cada historia, en cada personaje construído, en cada línea, se reflejan los conflictos, los miedos, las frustraciones, los interrogantes, los sueños de su autor: Tenessee Williams, uno de los más grandes dramaturgos del siglo XX. Este mes estará dedicado a él.
Sus obras han sido representadas decenas de veces en diferentes teatros y también el cine se introdujo en esos mundos fascinantes que este autor supo construir con memorables personajes
A continuación, se presenta, en primer lugar, un breve análisis de su teatro y luego un paralelismo entre su biografía y los acontecimientos sociales y políticos más importantes de su época.

El teatro de Tennessee Williams: entre el mito y el sueño

¿Es posible dejar atrás los condicionamientos sociales para realizar aquello que deseamos con el alma? ¿Podremos llevar a cabo los sueños o tan sólo quedaremos inmersos en una imagen ideal de nosotros mismos? ¿Somos capaces de hacerle frente a nuestra realidad más íntima o, por el contrario, nos refugiamos en fantasías para poder sobrellevar la carga de no ser? ¿Podemos hacer algo con el transcurrir de un tiempo que nos trae frustración y culpa? ¿El pasado siempre fue aquel tiempo mejor o, en realidad, permanecemos presa de una nostalgia? Estos son algunos de los interrogantes que nos plantea la obra de Tennessee Williams. Su producción teatral nos interpela como sujetos escindidos, deseantes, en conflicto permanente. Tanto que, al finalizar la lectura de cualquiera de sus obras nos asalten incógnitas para las cuales tal vez no encontremos respuesta.  Justamente porque explora los espacios más  recónditos de la existencia humana, esas zonas en que cada persona se enfrenta a la cruenta realidad de sí misma.

Las obras se enmarcan en el contexto de la sociedad del sur de los Estados Unidos donde la cultura está fuertemente marcada por los resultados de la guerra de Secesión, conflicto que enfrentó a los estados esclavistas del sur con los estados industriales del norte. La derrota del sur implicó la pérdida de las plantaciones de tabaco y algodón que constituían la base económica de la región. Como consecuencia, esta zona entró en decadencia. Y el ocaso siempre implica un atractivo romántico hacia un pasado sin dudas glorioso, es decir, empezaba a gestarse una nostalgia por aquello que había sido. En este marco de  crisis de desintegración y decadencia de viejas formas, la sociedad sureña adquiere rasgos de arrogancia aristocrática.
Es por esta razón que los personajes de sus obras se mueven entre un pasado evanescente y un futuro inalcanzable, entre el mito y el sueño. Es decir, ese pasado glorioso se convierte en mito frente a la cruda realidad del momento actual y el futuro parece nunca llegar. Los personajes están divididos entre la imagen mítica de lo que fue y la imagen de lo que ha de ser. Así, nunca alcanzan a discernir lo  auténtico que encierra lo inmediato. Los personajes se consideran procedentes de un pasado pleno e intentan trazar su historia como puente entre un origen de dicha y una dicha final.
Además, este clima de añoranza por el pasado junto con las características de una sociedad cerrada y conservadora condiciona tanto la trayectoria de los personajes como sus deseos y decisiones. Entonces, los personajes vacilan ante el camino a tomar, oscilan entre, por un lado, la duda ante las opciones que presenta la existencia y, por otro, la culpa que cualquier decisión lleva asociada.
La sociedad actúa como marco de referencia pero al mismo tiempo impone la presión de responder a una determinada imagen. En el marco de una cultura tradicionalista, ejercer una acción libre implica renunciar ante el cumplimiento del deber y enfrentarse con la moral preestablecida. Por lo tanto, el yo aparece desconcertado ante las expectativas, los condicionamientos, los recuerdos, la cultura, los esquemas morales y los conceptos cerrados de la sociedad. De esta forma, los personajes, incapacitados para ser, arrastran la culpa de no ser. Se debaten en un tormento interior donde no hay salida y sus acciones nunca logran la realización de sí mismos. Frustrados, arrastrando el fracaso a cuestas, los personajes no pueden aceptar la propia imagen despojada del ideal. Con el objetivo de ocultar la desilusión y el desengaño de sí mismos, llevan una máscara decrépita, frágil e inconsistente que los aísla del exterior y los sume en penumbras.
Paradójicamente, quizás como una forma de resistencia ante la coerción de la sociedad, los personajes presentan una exacerbada sexualidad. Efectivamente, la conquista de la propia sexualidad es la conquista de uno mismo, de la propia identidad y, al mismo tiempo, encuentro con el otro. Pero teniendo en cuenta la imposibilidad de los personajes para seguir su propio deseo, la sexualidad aparece atormentada e incompleta.  En este reducto de la identidad se produce el enfrentamiento entre la propia fragilidad, la solidez de los estereotipos sociales y la necesidad de ser situándose en el mundo de una manera personal y propia. Se trata de la necesidad de conseguir un espacio de seguridad, estabilidad y sinceridad. Sin embargo, los personajes nunca lo logran.
El teatro de Tennessee Williams plantea una concepción trascendente y fatalista de la existencia. Refleja la plenitud que podría alcanzarse ante la posibilidad de ser y, al mismo tiempo, la angustia ante la imposibilidad de lograr la realización personal. Representa las contradicciones que sufren hombres y mujeres enfrentados a una sociedad conservadora donde prima la idealización del pasado. Desde un presente en decadencia se resignifica el pasado y en esa investidura de sentido se le adjudica características de grandeza y esplendor. Así, se construye un pasado glorioso que actúa como horizonte común a todos los miembros de la sociedad. Sin embargo, es ese mismo pasado el que mantiene a los individuos presos de una nostalgia que los imposibilita para actuar y decidir sus vidas.
Como pocos, Tennessee Williams supo asomarse a los abismos de la condición humana.

Biografía y contexto histórico social

Tennessee Williams supo dar cuenta de la complejidad de la sociedad estadounidense como pocos. Fundamentalmente fue capaz de reflejar la realidad de los habitantes del sur, sus ideales, pensamientos, sueños y también sus prejuicios, mitos y convencionalismos. Es que Tennessee vivió entre los años 1911 y 1983, lo que le permitió vivenciar gran parte de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Estos sucesos tuvieron profundas consecuencias sobre la historia de los Estados Unidos y este autor supo reflejar estas complejidades en sus diferentes obras de teatro.

En el marco de una época que pasó a la historia con el nombre de “Belle Époque” nacía en 1911 Tennessee Williams en el seno de una familia conservadora. Su padre era comerciante de zapatos y su madre era hija de un predicador. Mientras tanto, la gran competencia industrial entre las potencias mundiales, el avance del imperialismo y el fuerte nacionalismo de algunos países europeos actuarían como desencadenantes de la Primera Guerra Mundial en 1914.
Estados Unidos salió beneficiado con la finalización de las hostilidades: el conflicto se había desarrollado en otro continente, Europa estaba devastada y necesitaba ayuda financiera y Estados Unidos se convertía en el principal acreedor. Así, se convertía en la primera potencia económica del mundo
Mientras su país natal aprovechaba esta situación, Tennesse enfermaba de difteria con tan solo siete años de edad. Obligado a guardar reposo comenzó a desplegar una gran imaginación para pasar esos días de la mejor forma posible. De hecho, su madre lo incentivó y años después le regaló una máquina de escribir.
En 1921 cumplió diez años. En ese mismo año comenzó  una época de expansión económica y optimismo denominada los “años locos”. Fue un ciclo de gran desarrollo industrial y  de creciente concentración de la riqueza. Pero fundamentalmente de grandes cambios sociales y culturales: las condiciones de vida de las familias mejoraron y empezaron algunos cambios morales que se plasmaron en una nueva manera de vestir y de consumir Además, es el tiempo de los inicios de la radio y del boom de automóvil, hechos que transformaron las costumbres y preferencias culturales de las personas. De esta forma, el estilo de vida norteamericano se sustentaba en una sociedad de masas donde primaba el consumo. En este nuevo contexto social y cultural Tennessee vivió su niñez, adolescencia y los primeros años de juventud.
Sin embargo, este auge económico que parecía no tener límites se desplomó en 1929 cuando gran parte de los beneficios acumulados se deslizaron hacia el ámbito de la especulación financiera. Paulatinamente empezó a gestarse una euforia especulativa que terminaría en la quiebra de la bolsa de Nueva York. A partir de aquí comienza un período de hundimiento de la economía caracterizado como “la gran depresión”.
A principios de los años treinta, Tennessee ingresó a la universidad de Missouri para cursar la carrera de periodismo pero tiempo después se trasladó a la Universidad de Iowa y en el año 1938 obtuvo el título de licenciado en filosofía y letras. En 1935 escribió su primera obra interpretada públicamente.
Mientras tanto al otro lado del océano, en la década del treinta comenzaban a implementarse regímenes totalitarios en Europa. Esto, junto con las pretensiones imperialistas y racistas del nazismo, forman el caldo de cultivo que desembocará en la segunda guerra mundial.
Con el conflicto bélico como contexto, en los primeros años de la década del cuarenta Tennessee se trasladó a la ciudad de Nueva York donde realizó diversos trabajos. El año 1943 traería una buena oportunidad. La Metro Golden Mayer lo contrató para hacer una adaptación cinematográfica de una exitosa novela. Dos años más tarde, conoció el verdadero éxito tras la publicación de “El zoo de cristal”, obra donde representa a su madre y a su hermana Rose. Con esta última tenía una relación muy cercana y por eso influyó mucho en él. Era una muchacha muy bella y frágil que lamentablemente pasó la mayor parte de su vida en instituciones mentales. Ante esto, para tratar de ponerle un fin al sufrimiento de Rose, sus padres autorizaron la realización de una lobotomía. La intervención tuvo resultado negativo, lo que la dejó incapacitada para el resto de su vida. Este hecho significó un golpe muy duro para Tennessee, que nunca pudo perdonar a sus padres por lo que habían hecho. Tal vez, este fue el desencadenante de su adicción al alcohol.
Para este período la guerra había llegado a su fin y apareció un nuevo equilibrio mundial representado por dos potencias, Estados Unidos y la URSS, que se mantendría hasta la caída del Muro de Berlín. En este contexto emerge el denominado Estado de Bienestar.
En 1947 con la publicación de “Un tranvía llamado deseo” consagró su renombre dentro de la dramaturgia. De hecho, esta obra lo hizo merecedor de un premio Pulitzer. En los años siguientes escribió “Verano y humo” (1948), “De repente, el último verano” (1950), “La rosa tatuada” (1951), “La gata sobre el tejado de zinc caliente” (1955), “Dulce pájaro de juventud” (1959). Por esa época se enamoró de Frank Merlo, un atractivo muchacho de veinte años que aún no sabía que camino tomar en la vida. La atracción los embriagó y algunos meses más tarde emprendieron un viaje a Europa que duró casi un año. Frank se convirtió en su secretario y cuidador, además de su amante. Este es un período de estabilidad para Tennessee y, de hecho, “La rosa tatuada” está dedicada a Frank y da cuenta de su fidelidad. Si bien su homosexualidad era un “secreto a voces” salió oficialmente a la luz recién en 1975 a partir de la publicación de sus “Memorias”. Tristemente, Frank murió muy joven producto de un cáncer a los 35 años. Este triste hecho  sumió a Tennessee en una profunda depresión que se agravó por su adicción previa a las drogas y al alcohol.
Por ese entonces corría el año 1961, recién comenzaba la década del sesenta, época que combinó acontecimientos muy disímiles: el surgimiento del movimiento hippie, el “Mayo francés”, la crisis de los misiles, el asesinato del presidente Kennedy, la primavera de Praga, la gestación y apogeo de los Beatles. Todo aquello en el marco de la denominada “guerra fría”. A partir de aquí comienza el ocaso para Tennessee, ya no pudo recuperar aquel brillo de antaño. Las obras que escribió en este período no tienen el éxito de las anteriores. Se pueden citar, entre otras, “La noche de la iguana” (1962) y “El tren lechero ya no para aquí” (1964).
La última etapa de la guerra de Vietman y el escándalo Watergate marcan la década del setenta para Estados Unidos. La década siguiente traerá una intensificación de las tensiones de la guerra fría, que terminará luego en un acercamiento. Además, Reagan asume la presidencia de los Estados Unidos y comienza a sentar las bases de lo que luego se conocerá como neoliberalismo. Con este marco de fondo, en el año 1983 Tennessee Williams falleció a los setenta y dos años en extrañas circunstancias. Aparentemente, habría intentado abrir con la boca una botella y se ahogó al tragar el corcho. En su testamento, había dejado en claro que quería ser enterrado junto a los restos del  que fue su amor: Frank.
Los tiempos cambiaron, las épocas trajeron nuevos aires. El mundo sufrió mucho a causa del ansia de poder y de dominio de algunos. Pero también conoció la paz y la libertad. Las sociedades experimentaron transformaciones culturales, políticas, económicas y sociales. La historia se fue tejiendo entre acontecimientos tan diferentes. El mundo conoció lo mejor y lo peor de los seres humanos. No en vano el historiador Eric Hobsbawn caracterizó al siglo XX como el más violento de la historia. Así como la historia sufrió vaivenes y contradicciones, la  vida de Tennessee Williams conoció el amor y la desolación, el éxito y el fracaso, la creatividad y el vacío.

martes, 12 de junio de 2012

Nuevos contenidos multimedia

El teatro es vivencia, sentimientos, sensaciones. Nos emociona, nos hace reír. Muchas veces podemos llegar a sentirnos identificados con un personaje o con una historia porque justamente el teatro nos atraviesa, nos habla de nosotros mismos y de nuestro entorno. Y cuando la obra se lleva a escena se produce algo inexplicable entre el actor y el espectador. Ese "algo" que se resiste a ser nominado tal vez sea un tipo de sensibilidad particular, una especie de hechizo o magia. No lo sé. Sien embargo, cuando el actor logra "vivir en escena" el espectador puede llegar a sentir que algo se ha transformado en su interior, que ha tocado una fibra íntima de su ser.
Por lo tanto, durante el acto de lectura de una obra se pierden ciertas cosas. Es decir, la lectura no puede abarcar absolutamente todo. Hay algo en las obras que necesita expresarse por medio del cuerpo y de la voz porque el teatro es, entre otras cosas, también corporalidad. Por esto, he decidido incorporar audios de fragmentos. Espero que logren emocionarse tanto como yo.

Bodas de sangre: escena del bosque

Bodas de Sangre: escena final

viernes, 1 de junio de 2012

El teatro de Federico García Lorca

¿Qué sucede cuando los condicionamientos y mandatos sociales son tan fuertes que impiden actuar con libertad? ¿Cómo afectan los prejuicios de una sociedad conservadora sobre las vidas de hombres y mujeres? ¿Hasta dónde se puede llegar para mantener una buena imagen ante la mirada crítica de los otros? ¿Es posible realizar aquello que se desea en un contexto injusto y discriminatorio? Estos son algunos de los interrogantes que nos plantean las obras de Federico García Lorca. Tal vez por sufrir él mismo los prejuicios de una sociedad cerrada es que supo darle voz a los oprimidos. Y entre ellos, fundamentalmente, a las mujeres de su época. García Lorca expresó como pocos la complejidad del alma femenina, sus contradicciones, anhelos y deseos. Y justamente la problemática del deseo se manifiesta en sus obras, particularmente en “Bodas de sangre” y en “La casa de Bernarda Alba”. El deseo como el motor de la vida, como aquello que nos impulsa. Sin embargo, a veces no podemos dar cauce a nuestro deseo y eso lleva, inevitablemente, a la angustia. Para Lorca, la imposibilidad de llevar a cabo el deseo lleva a la tragedia.

Breve biografía

García Lorca nació en 1898 en Fuentevaqueros, provincia de Granada, en la región española de Andalucía. Luego de finalizar sus estudios de bachillerato, en 1914 inicia estudios de filosofía y letras y de derecho en la Universidad de Granada. Paralelamente profundiza su aprendizaje de piano y guitarra que había comenzado en la adolescencia. Dos años después escribe sus primeras poesías y en el año 1918 publica su primer libro “Impresiones y paisajes”, cuya prosa poética refleja los viajes que había realizado el año anterior.
En 1919 se traslada a Madrid y allí conoce a Salvador Dalí, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez y Ramón del Valle-Inclán. En 1920 estrena “El maleficio de la mariposa”, su primera obra de teatro. En estos años, termina sus estudios en derecho, continúa su labor de poesía y trabaja en la creación de obras que se estrenarán en los años siguientes. Diez años después viaja a la ciudad de Nueva York y  residirá en la Universidad de Columbia donde dicta varias conferencias y cultiva nuevas amistades.
En 1933 se estrena en Madrid “Bodas de sangre”, una de sus piezas más poéticas. Mientras tanto, Lorca viaja a Argentina, Uruguay y Brasil donde artistas como Pablo Neruda y Oliverio Girondo asisten a la primera función de la mencionada obra que se estrena en el teatro Maipo de Buenos Aires. En 1934 regresa a España y dos años después lee el texto de “La casa de Bernarda Alba” ante un grupo de amigos, obra que no llega a representarse en vida del autor. Sin embargo, la situación política y social de la época provocará la interrupción de su brillante carrera. Todavía le quedaba un largo y exitoso camino por recorrer En 1936 el Frente Popular triunfa en las elecciones. Se trata de una coalición de izquierda. Ante esto, se subleva Francisco Franco y estalla la guerra civil española. García Lorca viaja a la ciudad de Granada y llega el mismo día en que la ciudad cae en poder de los insurrectos. El alcalde socialista y cuñado de Lorca, Manuel Fernández Montesinos, es llevado prisionero y ejecutado. Un amigo, el poeta Luis Rosales, le ofrece hospedaje en su casa para protegerlo ya que días antes las nuevas autoridades habían ordenado al escritor permanecer en su casa a disposición del gobierno. Lamentablemente, el esfuerzo de su amigo no da resultado y el 15 de agosto es arrestado con falsas acusaciones. Finalmente, cuatro días después, en la madrugada del 19 de agosto Lorca es fusilado en las afueras de Granada. Un crimen arbitrario e injusto. Un crimen que no pudo callar la voz de uno de los más importantes autores de teatro del siglo veinte. Sus obras, aún hoy, levantan su voz.

Contexto

Las obras de García Lorca se enmarcan en un contexto caracterizado por una sociedad conservadora y con costumbres fuertemente tradicionales. Aquí el espacio privado y el espacio público estaban claramente diferenciados. Este último abarcaba el mercado, la salida de misa y el campo donde se realizaban las tareas agrícolas. En estos lugares las personas se trataban, conversaban y se conocían. En cambio, el espacio privado era el lugar para la familia y, fundamentalmente, para las mujeres.
Las diferencias entre los géneros se manifestaban en todos los ámbitos y en los roles que cada uno debía cumplir. Las mujeres eran criadas desde pequeñas para convertirse en esposas y madres. Su rol en el espacio público estaba delimitado por la asistencia a la misa y al mercado. Eran los hombres los que salían a trabajar. Ellas podían ayudar en la economía hogareña con tareas que podían hacer desde su propia casa, como la costura, por ejemplo. En este contexto, la honra se erigía como un bien de familia, como sinónimo de una imagen pública sin manchas. Pero la honra era también una cualidad que aquellas mujeres debían cuidar celosamente. En una sociedad donde el cuerpo era algo que debía ocultarse, las mujeres tenían que llevar un comportamiento casto para erigir a la honra como una virtud.
En las obras de Lorca se representan las injusticias características de la época. Injusticias provocadas por esa misma sociedad conservadora. Una sociedad llena de prejuicios, con facilidad para escandalizarse  y donde las familias estaban dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias para mantener una buena imagen ante los demás.  Justamente, la mirada ajena era muy temida. En un contexto donde la familia era el núcleo más importante, la opinión de los demás ciudadanos pesaba mucho en los comportamientos y actitudes, quizás demasiado. Por eso, las mujeres debían cumplir con aquello que se esperaba de ellas: convertirse en madres inmaculadas y en honradas esposas. Así, los deseos, las necesidades reales y las inquietudes de las mujeres no eran tomados en cuenta. Sin embargo, los personajes femeninos de Lorca se animan a ir detrás de sus deseos y no callan. Al contrario, protestan, se defienden y justifican sus acciones.

"La casa de Bernarda Alba"

La obra fue escrita en 1936.
La acción comienza el día del funeral del segundo esposo de Bernarda y padre de cuatro de sus cinco hijas. A partir de este momento se inicia el luto que deberán respetar durante ocho años. Así se realizó en la casa del padre de Bernarda y así se hará en la suya. Mientras tanto, sus hijas Magdalena, Martirio, Angustias, Amelia y Adela se dedicarán a bordar un ajuar que parece que nunca van a utilizar. Conviven también en la casa la madre de Bernarda, María Josefa y dos criadas, de las cuales La Poncia es la principal y confidente. La abuela de las chicas está loca y por ese motivo su hija la mantiene encerrada. El conflicto se desencadena cuando la mayor de las hermanas, Angustias, recibe una proposición de matrimonio de Pepe el Romano. Sus hermanas sospechan que el motivo del casamiento es la pequeña fortuna que posee Angustias porque ella ya es grande y nunca se destacó por su belleza. Por su parte, tanto Adela como Martirio sufren en silencio su amor por el pretendiente de su hermana.
Sin embargo, Adela se caracteriza por un comportamiento audaz, desafiante e intrépido. Esto ya se anticipa en el primer acto. Al terminar el responso, Bernarda pide un abanico y  Adela le presta uno con flores de colores. O más adelante, Adela se viste con un vestido verde y sale al gallinero de la casa ante la mirada incrédula de sus hermanas. Finalmente, en la antesala de la tragedia, Adela y Martirio se enfrentan. Después de padecer en silencio,  confiesa su amor por Pepe. Adela, desafiante, sostiene: “aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío, él me lleva a los juncos de la orilla”
La atmósfera a lo largo de toda la obra es oscura y sórdida. Los altos muros de la casa representan el encierro y la opresión que llevan estas mujeres y, al mismo tiempo, esas paredes las mantienen al resguardo del afuera, de la mirada de los vecinos del pueblo. Y justamente  su madre está muy preocupada por reflejar una imagen de familia ideal.
Bernarda tiene una personalidad dominante, despótica y soberbia. Le importa demasiado  la opinión ajena y mantener la fachada de una familia de bien. Ante un pueblo que ella caracteriza de atrasado, se siente superior porque posee una pequeña fortuna. Bernarda intenta controlar todo lo que sucede dentro de su casa e impone lo que ella considera que debe hacerse. “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas (…) Aquí se hace lo que yo mando. Hilo y aguja para las hembras, látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles”, dice en el primer acto.  Sin embargo, esa misma actitud le impide ver lo que en realidad sucede, está ciega a muchas cosas que pasan dentro de la casa. Tal vez no quiere ver la realidad. En una conversación con la criada dice: “aquí no pasa nada. Eso quisieras tú. Y si pasa algún día, estate segura que no traspasará las paredes”
Ante esto, La Poncia es la encargada de decirle a Bernarda aquello que no quiere escuchar. Después de una convivencia de muchos años, esta criada puede tomarse algunas atribuciones y decirle lo que piensa realmente. De esta manera, reduce los humos de superioridad de Bernarda. La criada ve aquello que su ama se niega a ver. “Hay una tormenta en cada cuarto”, sentencia La Poncia, y no se equivoca.
María Josefa, madre de Bernarda, en su locura tiene momentos de gran lucidez y  proclama lo que se guarda en secreto, expresa aquello que quiere mantenerse callado. Representa el deseo de las hijas, la libertad y la sensualidad. Tiene breves momentos de clarividencia. Es decir, lo que aparece como locura en este personaje es lo que se manifiesta en las nietas. Por eso mismo, es algo que debe acallarse, ocultarse y Bernarda se asegura muy bien de mantener encerrada a su madre. Hacia el final del primer acto, María Josefa se escapa y exclama alegremente: “me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres. No quiero ver a estar mujeres solteras rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón”
Y la abuela está en lo cierto. Detrás de un ambiente controlado por el dominio de Bernarda y donde pareciera que las hermanas conviven sin grandes sobresaltos, comienza a gestarse la tormenta que estallará hacia el final. Silencios tensos, enunciados no dichos, mensajes solapados, miradas furtivas, frases suspicaces, desconfianza.
El único personaje masculino es Pepe el Romano, pretendiente de Angustias. Es un personaje que es nombrado muchas veces pero nunca aparece en escena. Pepe hace surgir la sensualidad y el deseo en las mujeres. Y es Adela la que lleva esto a sus últimas consecuencias.
Justamente esto es lo que Bernarda quiere callar, este deseo que se manifiesta en cada una de sus hijas, esta sensualidad que puja por salir. Es un deseo que crece a medida que pasa el tiempo. En un contexto donde hay que callar, donde está casi todo prohibido y donde no hay hombres, la sensualidad de estas mujeres se manifiesta de diferentes formas y las va quemando por dentro. Aquello que no pueden expresar, aquello que no pueden hacer, las va consumiendo.
La actitud dominante y arbitraria de Bernarda es la que engendra la rebeldía en sus hijas. Y su bastón aparece como signo de su dominio. Por eso, en la escena final, Adela confiesa su amor por Pepe el Romano y quiebra el bastón de su madre como acto simbólico de la finalización del dominio. “Aquí se acabaron las voces de presidio. Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe”
La actitud de negación de Bernarda se mantiene incluso al final cuando se desata la tragedia. Niega una realidad que ella misma ha forjado y no es capaz de hacerse cargo de lo terrible del hecho. No en vano sus últimas palabras antes de la caída del telón son: “silencio, silencio he dicho”.

"Bodas de sangre"

Se estrenó en 1933
La obra se desarrolla en una comunidad rural donde imperan la tradición y las conductas conservadoras. En un contexto más amplio, es una época caracterizada por la clara diferenciación de roles entre hombres y mujeres. El destino de ellas estaba predeterminado desde pequeñas y en función de eso se las criaba y educaba: debían llegar a ser madres y esposas ejemplares. Todos los deseos y necesidades de la mujer deberían agotarse en el ámbito del hogar. Además, el pudor exacerbado de una sociedad conservadora hacía ocultar el cuerpo y negar la sexualidad en la mujer. Sin embargo, Lorca expresa la atracción de la mujer hacia los hombres. Le dice la criada a la novia el día de la boda: “dichosa tú que vas a abrazar a un hombre, que lo vas a besar, que vas a sentir su peso”. Y la novia a Leonardo: “que te miro y tu hermosura me quema”
La acción gira en torno a  una futura boda entre dos novios. Comienza con los preparativos donde el novio le comunica a su madre la decisión de casarse y ambos se dirigen a conversar con el padre de la novia. La madre vive abrumada por los fantasmas del pasado, su marido y su hijo mayor han fallecido en un enfrentamiento con otra familia, los Félix. Y la futura mujer de su hijo había sido novia de un miembro de esa familia, Leonardo. De esta forma, las sombras del pasado vuelven a surgir. A pesar de que él y la novia siguen enamorados, los novios finalmente se casan. Sin embargo, el amor y el deseo pueden más, lo que impulsa a la novia a escaparse con Leonardo en medio de los festejos.
A excepción de Leonardo, todos los nombres de los personajes de la obra indican los parentescos. La novia y el novio, el padre de la novia, la madre del novio y la mujer y la suegra de Leonardo. Estos nombres genéricos quizás son empleados con la intención de generalizar al resto de la sociedad. De esta manera, la tragedia que aquí se desata no es solo de estos personajes sino que puede ocurrirle a cualquier familia. Es la historia repetida de pueblos movidos por los prejuicios y las pasiones.
Leonardo tiene un rol central en el conflicto ya que por él o a partir de él es que se desata la tragedia. Es el personaje que altera el equilibrio. La elección del nombre Leonardo puede connotar la fuerza del león o el ardor del fuego.
Si bien las mujeres tenían un rol pasivo, recluidas en el ámbito del hogar, en esta obra es la mujer la que impulsa al hombre. Y luego él actúa. En la escena del bosque, Leonardo le pregunta: “¿quién bajó primero las escaleras?”. “Yo las bajé”, responde ella. Y él: “¿quién le puso al caballo bridas nuevas?”. “Yo misma, verdad”
Por otro lado, se percibe una circularidad en la historia. Los personajes parecen condenados a repetir el pasado. El pasado se vuelve presente. La madre del novio había perdido a su marido y a su primer hijo. Repite la experiencia de nuevo. La madre de la novia, si bien no aparece, pasó su vida al lado de un marido que no quería pero que respetaba. Y eso mismo le espera a la novia. El destino aparece como ese poder trascendente que marca los rumbos de la vida de cada persona. Un destino condenado a repetirse.
Es necesario mencionar que la luna, el caballo y el agua son utilizados simbólicamente. En la oscuridad de la noche, la luna aporta la luz necesaria para el encuentro y la lucha de los hombres rivales. Así, la luz de la luna siega la vida y se asocia con la muerte.
El caballo de Leonardo encarna la libertad y el instinto sexual del personaje actuando como alter ego.
El agua es la figura elegida por la novia para explicar su conducta ante dos formas de amor distintas. “Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud. Pero el otro era para mí un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes.”
Podría pensarse que en ese texto se representa también la fuerza arrolladora del deseo. El otro, Leonardo, era como una marea que la arrastraba, un río de aguas tumultuosas que la quemaba por dentro. Y el verdadero deseo de la novia era estar con Leonardo, su matrimonio había sido arreglado por los padres. Ella y Leonardo se amaban con pasión. En la mencionada escena del bosque, escena cargada de gran sensualidad, dice Leonardo “pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta. (…) que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra y de ese olor que te sale de los pechos y las trenzas”. Le responde la novia: “y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba”. Y sigue Leonardo “pero yo voy donde tu vas, tú también, da un paso, prueba. Clavos de luna nos funden mi cintura y tus caderas”
La pasión y el deseo atraviesan la historia en un clima cerrado y lleno de prejuicios. Sin embargo, la fuerza arrolladora de esos sentimientos se hace oír en diferentes diálogos. Por ejemplo, Criada: “una boda es esto y nada más. Es una cama relumbrante y un hombre y una mujer”. O Leonardo: “callar y quemarse en el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mi el orgullo y el no mirarte y dejarte despierta noches y noches? De nada, sirvió para echarme fuego encima”. La Novia le responde: “no puedo oír tu voz, es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás”
En esa sociedad conservadora, la honra se elevaba como un bien de familia, como una conducta inmaculada por parte de las mujeres. La novia tuvo el arrojo necesario para dar cauce a su deseo, sin embargo, en la escena final le dice a la madre: “quiero que sepa que soy limpia, que estaré loca pero que me pueden enterrar sin que ningún hombre se haya mirado en la blancura de mis pechos”
Finalmente es necesario mencionar las diferentes connotaciones que tiene la palabra “sangre”. Si bien el sentido más importante remite a la tragedia del final donde el novio y Leonardo mueren, existen otros significados.  Sangre como sinónimo de buena casta y del enfrentamiento entre dos linajes.  La huida de Leonardo y la novia impulsada por la pasión. La boda que debería ser generadora de vida, de sangre nueva pero que termina en muerte. Por lo tanto, con esta pluralidad de sentidos el título atraviesa toda la obra.

Reflexión final

García Lorca nos muestra las problemáticas y contradicciones de la sociedad de su tiempo donde tanto hombres como mujeres permanecían atados a viejas costumbres y tradiciones que les impedía llevar a cabo lo que realmente deseaban y anhelaban.


Al igual que sus personajes, él también fue víctima de una sociedad prejuiciosa, cerrada, injusta y autoritaria. Sin embargo, su voz sigue viva a través de los memorables personajes a los que supo dar vida con una prosa poética y profunda.