En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










viernes, 3 de agosto de 2012

El teatro y la existencia


El rumor de la lluvia invade las calles de la ciudad. Un cielo gris oscurece las calles que se pueblan de paraguas de diversas formas, tamaños y colores. Personas que caminan apuradas, como si eso las resguardara del agua, no miran a nadie, no escuchan, solo caminan cada vez más rápido, tratando de salvarse de las frías gotas de agua. Las cubiertas de los autos sobre el asfalto mojado provocan ese sonido tan particular que caracteriza los días de lluvia. Y no sólo el agua, también nos invade el frío que parece tener el poder de traspasar los abrigos, gorros y bufandas con que intentamos ponerle un freno.

Afuera llueve, las gotas caen con una fuerza abrumadora, como si no hubiese llovido durante meses, años, tal vez. Afuera la atmósfera se torna oscura, húmeda y fría, el cielo parece desintegrarse entre nubarrones sombríos, el mundo se torna sombrío y lúgubre. Dentro nos invade esa nostalgia característica de días lluviosos, nos resulta difícil levantarnos de la cama, más aún salir de la comodidad de nuestra casa. Sin embargo, no tenemos opción, aunque nos tiente la perspectiva de quedarnos entre la tibieza de nuestras sábanas, debemos salir y cumplir con la rutina de todos los días, rutina que en parte es impuesta y en parte nos la imponemos nosotros mismos, quizás para ordenar el caos de nuestra existencia.

Existencia, existir, ser, no ser. ¿Qué es la existencia? ¿Qué es el ser? Podríamos remontarnos a Heidegger, ese gran y complejo filósofo del siglo XX que se preguntó por el ser, aquel que sostuvo el concepto de “Dasein”. Sin embargo, no deseo meterme en las profundas y turbias aguas de la filosofía. Ya es suficiente con esta lluvia que todo lo invade.

Y si queremos encontrar alguna respuesta para el ser y la existencia podemos adentrarnos en el mundo del teatro. El teatro como reflejo de nosotros mismos, como espejo donde visualizar nuestras ideas y temores,  nuestro sentir, amores y odios, sueños y anhelos. Los personajes transitan los mismos conflictos que podemos tener nosotros y, de esa manera, nos identificamos con ellos. Y quizá en esa identificación entendamos un poco más aquello que nos sucede o podamos ver nuestra situación desde una perspectiva diferente. Por lo tanto, las obras representan pequeños fragmentos de vida, donde los personajes se enfrentan a los vaivenes de la existencia, a los demás, a la sociedad, a sí mismos, a sus propios fantasmas. Asimismo, dan cuenta de la complejidad de los procesos sociales, de lo efímero del presente, de la evanescencia del tiempo, de las contradicciones que nos atraviesan como sujetos y como sociedad. Plantean las problemáticas de individuos escindidos, en permanente cambio, en constante formación, enfrentados a la sociedad, a las instituciones y a lo que se espera de ellos. En definitiva, el teatro cuenta historias, constituye relatos. Y el relato, como narración de acontecimientos, permite aprehender retazos de existencia y protege del irremediable paso del tiempo. Al inscribirse en palabras los hechos adquieren materialidad significante y quedan al resguardo del olvido. Así, acontecimientos diferentes forman parte de la memoria colectiva de las sociedades y traspasan las generaciones. Entonces, las obras de teatro, en tanto relatos, nos hablan de  sucesos, problemáticas y conflictos que nos atraviesan a lo largo de nuestra existencia.

Por último, cada vez que asistimos a una función nos olvidamos por un rato de nuestra contradictoria existencia y nos adentramos en nuevos mundos, en nuevas historias y formamos parte de esa magia que se produce arriba del escenario. Tal vez, en ese descubrir, en ese encuentro, nos encontremos a nosotros mismos.

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