El rumor de la lluvia invade las
calles de la ciudad. Un cielo gris oscurece las calles que se pueblan de
paraguas de diversas formas, tamaños y colores. Personas que caminan apuradas,
como si eso las resguardara del agua, no miran a nadie, no escuchan, solo
caminan cada vez más rápido, tratando de salvarse de las frías gotas de agua. Las
cubiertas de los autos sobre el asfalto mojado provocan ese sonido tan
particular que caracteriza los días de lluvia. Y no sólo el agua, también nos
invade el frío que parece tener el poder de traspasar los abrigos, gorros y
bufandas con que intentamos ponerle un freno.
Afuera llueve, las gotas caen con
una fuerza abrumadora, como si no hubiese llovido durante meses, años, tal vez.
Afuera la atmósfera se torna oscura, húmeda y fría, el cielo parece desintegrarse
entre nubarrones sombríos, el mundo se torna sombrío y lúgubre. Dentro nos
invade esa nostalgia característica de días lluviosos, nos resulta difícil
levantarnos de la cama, más aún salir de la comodidad de nuestra casa. Sin embargo,
no tenemos opción, aunque nos tiente la perspectiva de quedarnos entre la
tibieza de nuestras sábanas, debemos salir y cumplir con la rutina de todos los
días, rutina que en parte es impuesta y en parte nos la imponemos nosotros
mismos, quizás para ordenar el caos de nuestra existencia.
Existencia, existir, ser, no ser.
¿Qué es la existencia? ¿Qué es el ser? Podríamos remontarnos a Heidegger, ese
gran y complejo filósofo del siglo XX que se preguntó por el ser, aquel que
sostuvo el concepto de “Dasein”. Sin embargo,
no deseo meterme en las profundas y turbias aguas de la filosofía. Ya es
suficiente con esta lluvia que todo lo invade.
Y si queremos encontrar alguna
respuesta para el ser y la existencia podemos adentrarnos en el mundo del
teatro. El teatro como reflejo de nosotros mismos, como espejo donde visualizar
nuestras ideas y temores, nuestro sentir,
amores y odios, sueños y anhelos. Los personajes transitan los mismos conflictos
que podemos tener nosotros y, de esa manera, nos identificamos con ellos. Y quizá
en esa identificación entendamos un poco más aquello que nos sucede o podamos
ver nuestra situación desde una perspectiva diferente. Por lo tanto, las obras representan
pequeños fragmentos de vida, donde los personajes se enfrentan a los vaivenes
de la existencia, a los demás, a la sociedad, a sí mismos, a sus propios
fantasmas. Asimismo, dan cuenta de la complejidad de los procesos sociales, de
lo efímero del presente, de la evanescencia del tiempo, de las contradicciones
que nos atraviesan como sujetos y como sociedad. Plantean las problemáticas de
individuos escindidos, en permanente cambio, en constante formación,
enfrentados a la sociedad, a las instituciones y a lo que se espera de ellos. En
definitiva, el teatro cuenta historias, constituye relatos. Y el relato, como
narración de acontecimientos, permite aprehender retazos de existencia y protege
del irremediable paso del tiempo. Al inscribirse en palabras los hechos
adquieren materialidad significante y quedan al resguardo del olvido. Así,
acontecimientos diferentes forman parte de la memoria colectiva de las
sociedades y traspasan las generaciones. Entonces, las obras de teatro, en
tanto relatos, nos hablan de sucesos,
problemáticas y conflictos que nos atraviesan a lo largo de nuestra existencia.
Por último, cada vez que
asistimos a una función nos olvidamos por un rato de nuestra contradictoria
existencia y nos adentramos en nuevos mundos, en nuevas historias y formamos
parte de esa magia que se produce arriba del escenario. Tal vez, en ese
descubrir, en ese encuentro, nos encontremos a nosotros mismos.
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