En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










domingo, 4 de mayo de 2014

"La señorita Julia"


“¿Usted sabe el aspecto que tiene el mundo visto desde aquí abajo?”, le pregunta Juan, el criado,  a la señorita Julia. Lucha de clases, asenso social, conflicto de poder, honor y nobleza. De todo esto y mucho más nos habla “La señorita Julia”. De la decadencia de una clase social, de prejuicios sociales, de las barreras y las desigualdades entre hombres y mujeres.

Durante la fiesta de San Juan, la hija del conde seduce al criado de la casa, se acuesta con él y luego, presa de arrepentimiento y de humillación, se encuentra en el borde del abismo. Ella, la señorita Julia, en el sopor producto del alcohol y de la falta de sueño, juega entre la seducción y la inocencia. Y él, Juan, el criado, acepta el juego, recurriendo a la mentira y a las bellas palabras para lograr su objetivo. Ella pertenece a una nobleza en decadencia, él es hijo de un campesino pero a base de educación y observación del entorno, está ascendiendo socialmente. Al mismo tiempo que respeta al Conde, aborrece a los de su clase, los cuales son signo de una etapa ya superada para él. Ella representa para él aquello que es imposible de alcanzar, le recuerda cuál es su lugar en el mundo, la imposibilidad de salir de su clase. Él es la fuerza, la virilidad. Y esta y aquélla diferencia los atrae, los envuelve y los embriaga de ardor y rencor al mismo tiempo, llevándolos al límite de la locura.

Sin embargo, luego de consumar la pasión que los atrae, las máscaras se caen. La señorita Julia, imaginando el futuro funesto que le espera como amante de su criado, cae en el arrepentimiento y el temor a la humillación. Mientras para él es un honor haberla seducido, para ella significa deshonra y vergüenza. Por eso, la única salida es escapar juntos a un lugar donde nadie los conozca, donde no haya historia. Pero ambos se desilusionan del otro. Los hechos le demuestran a Juan que los ricos no son mejores que los pobres, que detrás de la elegancia y la riqueza se esconden miserias humanas y fundamentalmente, que todo aquello que él anhelaba se hunde en el fango. Por su parte, Julia no sabe qué hacer, oscila entre un amor imaginario y el odio, entre lo que quiere y lo que debe. Así, los hechos se van precipitando, la llegada de las primeras luces del amanecer termina con el encantamiento de la noche y el regreso del Conde, que había salido durante los festejos, desencadena el trágico final.

La Señorita Julia y Juan son víctimas de los prejuicios de la época, de las diferentes circunstancias que cada uno atravesó, de los errores del pasado. Son dos almas lastimadas que pertenecen a dos mundos diferentes y que por eso mismo se atraen y se aborrecen con la crudeza y crueldad propia de las relaciones humanas en una sociedad caracterizada por los conflictos de poder.

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