En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










lunes, 20 de octubre de 2014

"Lo que no se dice" de Tennessee Williams


Quince años compartidos, quince años de palabras truncas, de silencios, de miradas furtivas y de sentimientos solapados. Dos mujeres que no se animan a decir aquello que les quema por dentro. ¿Los condicionamientos sociales son tan fuertes como para llevarnos a vivir una vida ajena a nosotros mismos? ¿Es posible pasar tanto tiempo sin expresar el verdadero deseo? ¿Se puede renunciar a lo que se siente? ¿Cuántas cosas podemos callar? ¿Siempre hay algo que permanece no dicho entre dos personas? Estos son algunos interrogantes que nos deja “Lo que no se dice” del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams.

La acción tiene lugar en el living de la casa de Cornelia Scott, una mujer mayor, soltera y adinerada, quien vive junto a su secretaria Grace Lancaster, desde hace quince años. Ese día, Cornelia está a la expectativa del resultado de la elección anual de las Hijas de la Confederación, organización a la cual pertenece. Pretende que la elijan regente por unanimidad, de lo contrario retirará su candidatura. El temor ante el desenlace de la votación hace que ella prefiera quedarse en la casa y siga el desarrollo de los hechos a través de comunicaciones telefónicas. Además, ese día se cumplen quince años de la llegada de Grace, por lo cual Cornelia le regala la misma cantidad de rosas para conmemorar el aniversario. La conversación se torna más profunda y Cornelia indaga a Grace para que finalmente diga aquello que no se dice entre ellas. Luego de idas y vueltas, finalmente la secretaria plantea: “Dices que hay algo que no se dice. Tal vez lo haya. No sé. Pero sé que algunas cosas quedan mejor si no se dicen. Sé también que cuando entre dos personas un silencio se ha prolongado largo tiempo, es como una pared impenetrable que se les interpone”. Y luego de decir esto, Grace plantea que ella no podrá atravesar esa pared porque ambas son diferentes, mientras una es fuerte y admirada, la otra carece de fuerzas. Por ello, Cornelia no debe “esperar que [Grace] conteste audazmente a preguntas que hacen estremecer la casa de silencio”. Finalmente, un último llamado telefónico que avisa del resultado negativo de la elección las devuelve a la realidad y todo continúa igual, la secretaria toma lápiz y papel para escribir una carta que le dictará su jefa.

Cornelia representa a la antigua aristocracia del Sur de los Estados Unidos que luego de la guerra de Secesión se escudó en la exaltación de un pasado luminoso. Por su parte, Grace había comenzado a trabajar allí como consecuencia de su temprana viudez. Las diferencias sociales son notables y esto actúa como otra barrera más que les impide decir lo que sienten. Y paulatinamente, el autor nos deja ver que entre estas dos mujeres hay amor, un amor que no pueden expresar con palabras pero que se cuela en miradas y silencios.

El desenlace nos recuerda a la estructura dramática chejoviana, donde parece que algo va a cambiar pero finalmente todo continúa igual. En una de las intervenciones, Cornelia se pregunta: “¿Es que para mí no hay más que silencio? ¿Estoy condenada a callar toda mi vida?”. Estos interrogantes nos llevan a pensar en todas aquellas personas, hombres y mujeres, que se ven obligados a esconder su verdadero deseo por estar inmersos en una sociedad que los discrimina.

 

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