En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










lunes, 8 de diciembre de 2014

"Aeroplanos", de Carlos Gorostiza


“Aeroplanos” es una de las piezas teatrales más conmovedoras de Carlos Gorostiza; estrenada en 1990 en el teatro Cátulo Castillo, la obra nos traslada a la atmósfera de una modesta casa de algún barrio de Buenos Aires a fines de los ochenta. Paco y Cristo (apócope de Cristóbal) son dos hombres de 78 años y amigos desde la infancia, que se acompañan en la soledad, comparten las tardes jugando al dominó y están inmersos en la complicidad que trae el gran conocimiento que tienen el uno del otro después de toda una vida en común. Ambos son viudos, Paco, español y ex jugador de fútbol profesional devenido en almacenero, negocio que había heredado de su padre y que ahora está en manos de su hijo, quien lo convertirá en un supermercado. Cristo es italiano, trabajó toda su vida en el correo y vive en la casa de su hijo y nuera, añorando la vida compartida con su mujer. La acción trascurre una tarde en la casa de Paco, quien debe ir a buscar los resultados de un análisis pero prefiere posponerlo porque el temor a la muerte es mayor a la incertidumbre de no saber. En tanto, Cristo pasa la jornada entre la ansiedad por el resultado y la angustia de quedarse solo, porque además su familia se irá a vivir a Canadá y él será enviado a un geriátrico. Finalmente, Paco elige no saber e invita a su amigo a viajar en avión por el mundo. Así, ambos, convertidos sus cuerpos en aeroplanos y al ritmo del vals “El aeroplano” recorren bailando todo el espacio, como los jóvenes que fueran, con libertad y alegría, con despreocupación por el futuro.

Justamente el futuro es uno de los tópicos de los cuales nos habla la obra. El futuro, otrora prometedor y lejano, ahora adquiere una distancia mucho más corta, está ahí, en el minuto siguiente, porque la amenaza de la muerte lo cercena, lo acecha por doquier. Dice Paco: “Todo el tiempo que ya pasó, el que quedó atrás…el tiempo que todavía va a pasar, ése que está adelante… y éste, este tiempo que vivimos ahora…todo…todos los tiempos…son el mismo tiempo”. El tiempo se les escurre entre las manos y ellos son compañeros en este viaje de la vida. Sigue Paco, más adelante: “Dentro de un tiempo ninguno de nosotros va a estar aquí, todos nos habremos ido. Pero todos, sin darnos cuenta, habremos sido compañeros del mismo viaje. Y (…) de un viaje que tiene un minuto, nada más: éste. Pero este minuto…adentro…tiene todo”.

El temor a la muerte es un tema que recorre la obra, pero no sólo de la propia sino de la de los seres más queridos. Ellos ya han perdido a sus compañeras de vida y ahora no quieren perder al otro, por eso los dos prefieren ser el primero en morir, porque seguramente con la muerte de uno de ellos, algo se morirá en el otro, en su interior. Cristo le dice a su amigo: “no quiero que te mueras antes que yo, Gallego”. Y Paco, enojado, le responde: “¿Ah, no? ¡Querés que el que se joda sea yo. No?  “No quiero quedarme solo”, reconoce Cristo. La soledad se abre como una perspectiva certera en los últimos años de estos hombres, donde el paso irremediable del tiempo no sólo les dejó sueños truncos sino también les quitó familiares y amigos, ilusiones y proyectos.

El pasado es un lugar sin dudas mejor para ellos, donde los fantasías eran posibles, la felicidad, compartida y el mundo era tan sólo un poquito mejor. Sin embargo, ellos no se quedan en la añoranza de un pasado dorado, deciden vivir lo que les queda a su manera, volando como “aeroplanos”, enfrentando los vientos que vendrán antes de que Moscú se cubra de nieve, antes de que termine la partida.

 

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