En el teatro siempre es posible comenzar de nuevo, en la vida nada podemos volver atrás. Las hojas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden. Pero hay un momento en que el teatro y la vida son uno: el intento del actor por captar una verdad para siempre. Interpretar requiere mucho esfuerzo. Pero si logra "vivir en el escenario", a diferencia de los insensibles, su espítitu volará inmortal.

Peter Brook










viernes, 1 de junio de 2012

"La casa de Bernarda Alba"

La obra fue escrita en 1936.
La acción comienza el día del funeral del segundo esposo de Bernarda y padre de cuatro de sus cinco hijas. A partir de este momento se inicia el luto que deberán respetar durante ocho años. Así se realizó en la casa del padre de Bernarda y así se hará en la suya. Mientras tanto, sus hijas Magdalena, Martirio, Angustias, Amelia y Adela se dedicarán a bordar un ajuar que parece que nunca van a utilizar. Conviven también en la casa la madre de Bernarda, María Josefa y dos criadas, de las cuales La Poncia es la principal y confidente. La abuela de las chicas está loca y por ese motivo su hija la mantiene encerrada. El conflicto se desencadena cuando la mayor de las hermanas, Angustias, recibe una proposición de matrimonio de Pepe el Romano. Sus hermanas sospechan que el motivo del casamiento es la pequeña fortuna que posee Angustias porque ella ya es grande y nunca se destacó por su belleza. Por su parte, tanto Adela como Martirio sufren en silencio su amor por el pretendiente de su hermana.
Sin embargo, Adela se caracteriza por un comportamiento audaz, desafiante e intrépido. Esto ya se anticipa en el primer acto. Al terminar el responso, Bernarda pide un abanico y  Adela le presta uno con flores de colores. O más adelante, Adela se viste con un vestido verde y sale al gallinero de la casa ante la mirada incrédula de sus hermanas. Finalmente, en la antesala de la tragedia, Adela y Martirio se enfrentan. Después de padecer en silencio,  confiesa su amor por Pepe. Adela, desafiante, sostiene: “aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío, él me lleva a los juncos de la orilla”
La atmósfera a lo largo de toda la obra es oscura y sórdida. Los altos muros de la casa representan el encierro y la opresión que llevan estas mujeres y, al mismo tiempo, esas paredes las mantienen al resguardo del afuera, de la mirada de los vecinos del pueblo. Y justamente  su madre está muy preocupada por reflejar una imagen de familia ideal.
Bernarda tiene una personalidad dominante, despótica y soberbia. Le importa demasiado  la opinión ajena y mantener la fachada de una familia de bien. Ante un pueblo que ella caracteriza de atrasado, se siente superior porque posee una pequeña fortuna. Bernarda intenta controlar todo lo que sucede dentro de su casa e impone lo que ella considera que debe hacerse. “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas (…) Aquí se hace lo que yo mando. Hilo y aguja para las hembras, látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles”, dice en el primer acto.  Sin embargo, esa misma actitud le impide ver lo que en realidad sucede, está ciega a muchas cosas que pasan dentro de la casa. Tal vez no quiere ver la realidad. En una conversación con la criada dice: “aquí no pasa nada. Eso quisieras tú. Y si pasa algún día, estate segura que no traspasará las paredes”
Ante esto, La Poncia es la encargada de decirle a Bernarda aquello que no quiere escuchar. Después de una convivencia de muchos años, esta criada puede tomarse algunas atribuciones y decirle lo que piensa realmente. De esta manera, reduce los humos de superioridad de Bernarda. La criada ve aquello que su ama se niega a ver. “Hay una tormenta en cada cuarto”, sentencia La Poncia, y no se equivoca.
María Josefa, madre de Bernarda, en su locura tiene momentos de gran lucidez y  proclama lo que se guarda en secreto, expresa aquello que quiere mantenerse callado. Representa el deseo de las hijas, la libertad y la sensualidad. Tiene breves momentos de clarividencia. Es decir, lo que aparece como locura en este personaje es lo que se manifiesta en las nietas. Por eso mismo, es algo que debe acallarse, ocultarse y Bernarda se asegura muy bien de mantener encerrada a su madre. Hacia el final del primer acto, María Josefa se escapa y exclama alegremente: “me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres. No quiero ver a estar mujeres solteras rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón”
Y la abuela está en lo cierto. Detrás de un ambiente controlado por el dominio de Bernarda y donde pareciera que las hermanas conviven sin grandes sobresaltos, comienza a gestarse la tormenta que estallará hacia el final. Silencios tensos, enunciados no dichos, mensajes solapados, miradas furtivas, frases suspicaces, desconfianza.
El único personaje masculino es Pepe el Romano, pretendiente de Angustias. Es un personaje que es nombrado muchas veces pero nunca aparece en escena. Pepe hace surgir la sensualidad y el deseo en las mujeres. Y es Adela la que lleva esto a sus últimas consecuencias.
Justamente esto es lo que Bernarda quiere callar, este deseo que se manifiesta en cada una de sus hijas, esta sensualidad que puja por salir. Es un deseo que crece a medida que pasa el tiempo. En un contexto donde hay que callar, donde está casi todo prohibido y donde no hay hombres, la sensualidad de estas mujeres se manifiesta de diferentes formas y las va quemando por dentro. Aquello que no pueden expresar, aquello que no pueden hacer, las va consumiendo.
La actitud dominante y arbitraria de Bernarda es la que engendra la rebeldía en sus hijas. Y su bastón aparece como signo de su dominio. Por eso, en la escena final, Adela confiesa su amor por Pepe el Romano y quiebra el bastón de su madre como acto simbólico de la finalización del dominio. “Aquí se acabaron las voces de presidio. Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe”
La actitud de negación de Bernarda se mantiene incluso al final cuando se desata la tragedia. Niega una realidad que ella misma ha forjado y no es capaz de hacerse cargo de lo terrible del hecho. No en vano sus últimas palabras antes de la caída del telón son: “silencio, silencio he dicho”.

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