Quince años compartidos, quince
años de palabras truncas, de silencios, de miradas furtivas y de sentimientos
solapados. Dos mujeres que no se animan a decir aquello que les quema por
dentro. ¿Los condicionamientos sociales son tan fuertes como para llevarnos a
vivir una vida ajena a nosotros mismos? ¿Es posible pasar tanto tiempo sin
expresar el verdadero deseo? ¿Se puede renunciar a lo que se siente? ¿Cuántas
cosas podemos callar? ¿Siempre hay algo que permanece no dicho entre dos
personas? Estos son algunos interrogantes que nos deja “Lo que no se dice” del dramaturgo estadounidense Tennessee
Williams.
La acción tiene lugar en el
living de la casa de Cornelia Scott, una mujer mayor, soltera y adinerada,
quien vive junto a su secretaria Grace Lancaster, desde hace quince años. Ese día,
Cornelia está a la expectativa del resultado de la elección anual de las Hijas
de la Confederación, organización a la cual pertenece. Pretende que la elijan
regente por unanimidad, de lo contrario retirará su candidatura. El temor ante
el desenlace de la votación hace que ella prefiera quedarse en la casa y siga
el desarrollo de los hechos a través de comunicaciones telefónicas. Además, ese
día se cumplen quince años de la llegada de Grace, por lo cual Cornelia le
regala la misma cantidad de rosas para conmemorar el aniversario. La conversación
se torna más profunda y Cornelia indaga a Grace para que finalmente diga
aquello que no se dice entre ellas. Luego de idas y vueltas, finalmente la
secretaria plantea: “Dices que hay algo
que no se dice. Tal vez lo haya. No sé. Pero sé que algunas cosas quedan mejor
si no se dicen. Sé también que cuando entre dos personas un silencio se ha
prolongado largo tiempo, es como una pared impenetrable que se les interpone”.
Y luego de decir esto, Grace plantea que ella no podrá atravesar esa pared
porque ambas son diferentes, mientras una es fuerte y admirada, la otra carece
de fuerzas. Por ello, Cornelia no debe “esperar
que [Grace] conteste audazmente a
preguntas que hacen estremecer la casa de silencio”. Finalmente, un último
llamado telefónico que avisa del resultado negativo de la elección las devuelve
a la realidad y todo continúa igual, la secretaria toma lápiz y papel para
escribir una carta que le dictará su jefa.
Cornelia representa a la antigua
aristocracia del Sur de los Estados Unidos que luego de la guerra de Secesión se
escudó en la exaltación de un pasado luminoso. Por su parte, Grace había
comenzado a trabajar allí como consecuencia de su temprana viudez. Las diferencias
sociales son notables y esto actúa como otra barrera más que les impide decir
lo que sienten. Y paulatinamente, el autor nos deja ver que entre estas dos
mujeres hay amor, un amor que no pueden expresar con palabras pero que se cuela
en miradas y silencios.
El desenlace nos recuerda a la
estructura dramática chejoviana, donde parece que algo va a cambiar pero finalmente
todo continúa igual. En una de las intervenciones, Cornelia se pregunta: “¿Es que para mí no hay más que silencio? ¿Estoy
condenada a callar toda mi vida?”. Estos interrogantes nos llevan a pensar
en todas aquellas personas, hombres y mujeres, que se ven obligados a esconder
su verdadero deseo por estar inmersos en una sociedad que los discrimina.
Me encanta, muchas gracias por compartir.
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